A pesar de los innumerables testimonios de fuentes neutrales,
reportajes, crónicas y testimonios gráficos que atestiguaron el entusiasmo con
que la población austríaca acogió su unificación con el resto de la comunidad
germánica, la Gran Prensa inglesa y francesa no tardó en presentar el hecho
como una «invasión», describiendo a Austria como un país inicuamente Sojuzgado.
Creemos sinceramente que, en cualquier caso, la anexión de
Austria era mucho menos objetable que las sucesivas incorporaciones soviéticas
de Ucrania, Carelia, las cinco repúblicas musulmanas del Asia Central y
Mongolia. Al fin y al cabo, entre esos países y el resto de la Unión Soviética
no existían lazos de sangre, de idioma, de cultura ni de religión. En cambio,
sí existían entre alemanes y austríacos, los cuales se unieron según el tan
cacareado principio democrático de la autodeterminación como quedaría
cumplidamente demostrado en el plebiscito celebrado el 10 de abril de 1938, que
arrojó un resultado de 4.275.000 votos favorables a la ratificación de la
anexión, y 12.300 en contra. El plebiscito había arrojado un resultado de
99.71% de votos en favor de la unión al Reich.
Pero la Gran Prensa, silenció las anexiones forzosas del
bolchevismo y presentó la anexión alemana como una terrible amenaza para la
seguridad de Europa. Se estaba preparando el escenario para arrojar a Occidente
a una guerra estúpida, perjudicial a sus propios intereses, con objeto de
salvar al bolchevismo entronizado en Moscú.
¿Cuál era la actitud espiritual de los pueblos de los países democráticos con respecto a Alemania? O, para formular la pregunta en más justos términos: ¿Qué les decían de Alemania a sus clientelas los grandes «medios informativos» de las democracias occidentales?
La triste realidad es que, salvo contadas excepciones, desde el gran rotativo hasta el humilde diario de provincias, y desde los libros de texto (ese instrumento de la educación dirigida por el sedicente estado democrático) hasta los manuales para la educación de párvulos, se alimentó cuidadosamente la llama del odio, rechazando brutalmente todos los intentos que la tan pulcramente aséptica y democrática República alemana hizo para olvidar el pasado y preparar, sin reservas mentales, un futuro basado en la justicia y la hermandad de los pueblos de Europa.
¿Cuál era la actitud espiritual de los pueblos de los países democráticos con respecto a Alemania? O, para formular la pregunta en más justos términos: ¿Qué les decían de Alemania a sus clientelas los grandes «medios informativos» de las democracias occidentales?
La triste realidad es que, salvo contadas excepciones, desde el gran rotativo hasta el humilde diario de provincias, y desde los libros de texto (ese instrumento de la educación dirigida por el sedicente estado democrático) hasta los manuales para la educación de párvulos, se alimentó cuidadosamente la llama del odio, rechazando brutalmente todos los intentos que la tan pulcramente aséptica y democrática República alemana hizo para olvidar el pasado y preparar, sin reservas mentales, un futuro basado en la justicia y la hermandad de los pueblos de Europa.
Todos los medios fueron lícitos en la campaña de odio y
difamación desplegada contra el pueblo alemán: las puras mentiras, las medias
verdades, los relatos «objetivos», las versiones parciales y oblicuas, los
sofismas inteligentes, los más inverosímiles inventos, todo ello hábilmente
mezclado y elaborado para el consumo de todas las inteligencias, de todos los
prejuicios y de todas las filias y fobias nacidas al calor del resentimiento
creado por la desorbitada propaganda de los tiempos de guerra.
El himno alemán, cuya primera estrofa dice: «Alemania
sobre todo en el mundo, desde el Mass hasta el Vístula, y desde el Danubio
hasta el Belt...» es
alterado por un periodista francés: «Alemania sobre todos en el mundo»... La «nueva versión» del Deutschland
Über Alles es reproducida millones de veces por las rotativas del orbe entero.
¡Los alemanes se consideran por encima de todos los pueblos del mundo!...
¡Horrible racismo! Y esto se dirá en Francia, cuyo himno nacional, «La Marsellesa»,
califica de «impura» la sangre del extranjero.
Fuente: quenosocultan.wordpress.com
