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A principios del año 1945, los
aliados acordaron realizar un golpe decisivo en la guerra contra Alemania. Los
países occidentales habían alcanzado en noviembre de 1944 el río Rin, el
ejército soviético había penetrado a finales de enero en la región del Gran
Berlín atravesando el río Oder y por el sur se disponía a la conquista de
Silesia. Desde el este, millones de refugiados llegaban a Alemania Central.
Unidades aisladas del ejército alemán intentaban reagruparse de alguna forma a
lo largo del variable frente, mientras el ejército soviético se preparaba en
febrero y marzo para lanzar el ataque final sobre Berlín. Por el oeste, el
proyecto de los Aliados consistía en llegar a la cuenca del Ruhr.
Por aquellas fechas, la clara
superioridad aérea del ejército aliado se utilizaba con el objetivo de preparar
el terreno para el ataque decisivo y posterior ocupación de la «fortaleza
alemana». Con el fin de destruir objetivos militares, de comunicación,
administrativos y de producción, así como de minar la moral de la población,
los Aliados llevaron a cabo incontables bombardeos sobre las ciudades alemanas,
hasta reducir algunas de ellas a escombros.
El informe que la RAF distribuyó
a sus pilotos la noche del ataque decía lo siguiente:
Dresde, la séptima ciudad más grande de Alemania y no mucho menor que Manchester, es también el área urbanizada sin bombardear más extensa que tiene el enemigo. En pleno invierno, con refugiados desplazándose en masa hacia el oeste y tropas que necesitan descanso, los tejados escasean, no sólo para dar cobijo a trabajadores, refugiados y tropas por igual, sino para albergar los servicios administrativos que se han desplazado desde otras zonas. Antaño famosa por sus porcelanas, Dresde se ha convertido en una ciudad industrial de importancia prioritaria. [...] Las intenciones del ataque son golpear al enemigo donde más lo sienta, en la retaguardia de un frente a punto de desmoronarse [...] y enseñar a los rusos cuando lleguen de lo que es capaz el Comando de Bombarderos de la RAF.
Dresde, la séptima ciudad más grande de Alemania y no mucho menor que Manchester, es también el área urbanizada sin bombardear más extensa que tiene el enemigo. En pleno invierno, con refugiados desplazándose en masa hacia el oeste y tropas que necesitan descanso, los tejados escasean, no sólo para dar cobijo a trabajadores, refugiados y tropas por igual, sino para albergar los servicios administrativos que se han desplazado desde otras zonas. Antaño famosa por sus porcelanas, Dresde se ha convertido en una ciudad industrial de importancia prioritaria. [...] Las intenciones del ataque son golpear al enemigo donde más lo sienta, en la retaguardia de un frente a punto de desmoronarse [...] y enseñar a los rusos cuando lleguen de lo que es capaz el Comando de Bombarderos de la RAF.
Curiosamente, las principales
zonas industriales de la periferia, que tenían una extensión enorme, no fueron
bombardeadas. De acuerdo con Donald Miller, «el trastorno económico habría sido
mucho mayor si el Comando de Bombarderos se hubiese fijado como objetivo las
áreas del extrarradio donde se concentraba la mayor parte de la capacidad
industrial de Dresde». Otros académicos sostienen que, en cualquier caso, «las
plantas industriales de Dresde ya no desempeñaban un papel significativo en la
industria militar alemana en esta fase de la guerra».
La destrucción de Dresde se ha
convertido en «una tragedia totalmente ejemplarizante de los horrores de la
guerra en el siglo XX y un símbolo de destrucción». La belleza de la ciudad, su
importancia como icono cultural, la creación deliberada de una tormenta de
fuego, el número de víctimas, su limitado interés militar y el hecho de que
tuviese lugar al final de la guerra, ponen en entredicho la necesidad del
bombardeo. En la actualidad, la mayor parte de los historiadores critica
durísimamente la acción, juzgándola desproporcionada e innecesaria. El
catedrático alemán Sonke Neitzel afirma que «es difícil encontrar ninguna
prueba en documentos alemanes de que la destrucción de Dresde tuviese alguna
consecuencia digna de mención en el Frente Oriental. Las plantas industriales
de Dresde no desempeñaban un papel significativo en la industria alemana en
esta etapa de la guerra». El historiador austriaco Jörg Friedrich está de
acuerdo en que la implacable campaña de bombardeos contra las ciudades alemanas
de los últimos meses de guerra no respondía a propósitos militares. Alexander
McKee hace hincapié en que «los objetivos militares no fueron atacados, salvo
uno o dos que fueron alcanzados por accidente».