Y entonces a Julian Assange la frase del periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh le sirvió de excusa, de motivación, de pretexto, de guía. “El periodismo es libre o es una farsa”, dijo el militante de los Montoneros. Sus convicciones también le sirvieron de excusa a la dictadura cívico-militar de Argentina. El periodista fue desaparecido en marzo de 1977.
Pero es que dicen que hay hombres y mujeres que son inmortales. Walsh es uno de ellos. Sus restos siguen sin aparecer, pero sus frases siguen sacudiendo conciencias, entre ellas la del fundador de Wikileaks.
“Wikileaks es un servicio público internacional; nos especializamos en permitir a periodistas o informantes que han sido censurados a presentar sus materiales al público”, dijo el activista australiano en 2017. Para la fecha, la plataforma que creó en 2006 ya había revelado cientos de documentos confidenciales sobre las actividades del Ejército estadounidense en Irak y Afganistán. Por primera vez en varias décadas, al menos de forma oficial, la cara del Tío Sam quedaba expuesta. Assange había logrado dejar al descubierto el rostro más delirante de la diplomacia estadounidense. Han pasado 14 años desde que Assange decidió iniciar la batalla. Su batalla. Esa cruzada la libró con un mecanismo que él mismo bautizó. “Periodismo científico”, dijo que se llamaba lo que hacía.
En el libro Julian Assange: periodismo científico, conspiración y ética hacker, David Villena Saldaña dice: “No basta con lo que en teoría es un equilibrio de poderes, se requiere, sobre todo, de ciudadanos críticos y bien informados. El poder es propenso a corromperse y no hay otro modo de evitarlo que la fiscalización continua de parte de los periodistas. Si hay libertad de prensa, esta y no otra es su justificación. Un mercado perfecto, por otro lado, requiere de información perfecta. Así, la acción política y la acción económica deben ser consecuencia de decisiones convenientemente informadas”.
Esa fue la motivación de un australiano flaco, de cabello blanco y mirada fría: que los ciudadanos descubrieran la cara oculta de los gobiernos para, en teoría, tomar mejores decisiones. “Este periodismo es científico porque procede del mismo modo que las revistas especializadas en difundir trabajos de investigación científica, como Science o Nature, por ejemplo.
Una de las virtudes de la ciencia es su transparencia. La ciencia es pública. Coloca a nuestro alcance el caudal de evidencia y datos a partir de los cuales elabora sus explicaciones y construye sus teorías. En este contexto no hay información secreta”, dice Villena.
En 2011, Assange era uno de los personajes más prestigiosos del mundo. La revista Time lo incluyó en el listado de las cien personas más influyentes del globo. Le Monde, Time y The Nation lo nombraron como el personaje del año, Amnistía Internacional lo galardonó por dejar al descubierto las ejecuciones extrajudiciales en Kenia y el parlamentario noruego Snorre Valen lo candidatizó para el Nobel de Paz. Assange se convirtió —tal vez sin quererlo— en algo más que un periodista.
En 2011, Assange era uno de los personajes más prestigiosos del mundo. La revista Time lo incluyó en el listado de las cien personas más influyentes del globo. Le Monde, Time y The Nation lo nombraron como el personaje del año, Amnistía Internacional lo galardonó por dejar al descubierto las ejecuciones extrajudiciales en Kenia y el parlamentario noruego Snorre Valen lo candidatizó para el Nobel de Paz. Assange se convirtió —tal vez sin quererlo— en algo más que un periodista.
Se consolidó más bien como un rockstar con poder. Con mucho poder. Wikileaks amenazó con desestabilizar no solo a los gobiernos de los países más poderosos; las naciones del tercer mundo también tenían su espacio. En ese contexto, Fidel Cano, director de El Espectador, habló con él. Assange quería que este medio fuera el encargado de publicar los documentos confidenciales que habían sido obtenidos por Wikileaks.
En la crónica “Encuentro con Julian Assange”, Cano se refirió a la forma como se concretó la cita con el activista. Todo en torno al australiano tiene visos de extrema confidencialidad y misterio. Los pocos periodistas de América que han podido hablar con él cuentan, entre otras cosas, que el equipo de Wikileaks tomó medidas muy rigurosas para compartir la información. Un chat encriptado era la única forma de comunicación.
www.elespectador.com
Escrito por Joseph Casañas
Ilustración: Daniela Vargas
