ESTA CRÓNICA HA SIDO PRESENTADA POR HANS-PETER FIRBAS PARA EL CONCURSO EXCELENCIA PERIODÍSTICA DE LA SOCIEDAD INTERAMERICANA DE PRENSA. SEGURAMENTE NO VAMOS A GANAR, PERO POR LO MENOS DIFUNDIREMOS LA VERDAD.
LA HISTORIA DE LA FAMILIA FIRBAS Y DE LOS ALEMANES ASESINADOS EN CHECOSLOVAQUIA
Difícilmente la historia de una nación derrotada en las dos guerras
mundiales va a ser tratada por los medios de comunicación con objetividad,
justicia e imparcialidad, más aún si aquellos son manejados por sus dueños
vinculados estrechamente política y económicamente con los gobiernos
triunfadores. Tras largos años de investigaciones y de ser parte de una
familia, que radicó en territorio checo desde el año 1500,
buscaré, de alguna forma, que se conozca la verdad de millones de mis
compatriotas que sufrieron la barbarie y el odio en tiempos de paz.
Antes de expresar mis sentimientos con una profunda pena y tristeza por
el odio y la venganza desencadenados contra millones de alemanes luego de
firmada la capitulación y el acta de rendición incondicional por parte de
Alemania a las 2 de la madrugada 41 minutos del 7 de mayo de 1945 en Reims,
Francia, viajaré más de 440 años en el pasado. La batalla no cesó contra los
vencidos y a pesar del final de la guerra, los aliados no se detuvieron en
continuar sus hostilidades, muchas de ellas consideradas como genocidios o
crímenes contra la humanidad.
Fotos © DPA
Me remonto al nacimiento de mi ancestro más antiguo que logré ubicar.
Simon Firbas Ritter von Husinec. En español ‘El Caballero de Husinec’. Oriundo
de dicho pueblo de Bohemia del Sur, perteneciente a territorio checo ya se
había ganado el derecho de ser noble por sus contribuciones de diversa índole
en la zona. Simultáneamente, la otra rama de mi familia radicaba en Budejovice.
George Daublebsky von Sterneck también pertenecía a la alta alcurnia en
Checoslovaquia.
Su hijo Kaspar fue premiado por el Emperador Fernando II por su defensa
y entrega de sus riquezas para armar un ejército y defender la ciudad. Por tal
motivo se ganó en 1620 el Escudo de Armas entregado por el propio emperador.
Con el transcurrir de los años los Firbas se establecieron en Strakonice, luego
de pasar por Sestajovice
y Jsesenitz, todas ubicadas en territorio checo.
A partir del siglo XVIII parte de la familia se movió a la localidad de
Krumlov. El primer inquilino del castillo Český Krumlov se convirtió en una
farmacia en 1822 a cargo de Ferdinand Firbas, farmacéutico urbano. En 1848 Karel
Firbas continúo su legado hasta 1878.
Antes, el 27 de mayo de 1800, nació en Budweis, Jacob Daublebsky von
Sterneck. Curiosamente su ciudad de natalicio anda en procesos judiciales
contra una cerveza que tomó su nombre.
Él falleció en Praga el 9 de diciembre de 1878. Tuvo nueve hijos, entre
ellos Karl, famoso notario (17 de junio de 1830 - 3 de julio de 1906), quien
nació, estudió y trabajó toda su vida en Praga. Karl dejó nueve hijos, entre
ellos Karl, famoso notario (17 de junio de 1830 - 3 de julio de 1906), quien al
igual que su padre radicó siempre en Praga.
Fotos © Archivo Cementerio Oslany Praga
Entre sus hijos estaba Ida, quien contrajo nupcias con mi bisabuelo Karl
Firbas, momento en el cual las dos familias se unen. Él era un alto
funcionario del más importante banco de Praga. Se casaron el 14 de septiembre
de 1887 en Praga. Karl Firbas nació en 1851 y falleció en 1942 también en
Praga. Tuvieron tres hijos, entre ellos Karl Heinrich mi abuelo, también nacido
en Praga en 1892.
Foto © Karl Heinrich Abuelo Archivo Familiar
Luego vino mi padre Johann Heinrich, si bien de Viena, estuvo en Praga
con toda la familia en los años de guerra junto a su mamá y sus tres hermanas.
Nacido en 1933 radicó en las propiedades de su abuela Ida hasta 1945, cuando
fueron deportados y despojados de todos sus bienes sin razón alguna.
Foto © Johann Heinrich Padre Archivo Familiar
La Ruta de las Ratas fue una frase despreciable impuesta por los medios
de comunicación para definir el escape de los alemanes a países sudamericanos,
sobre todo a Argentina. Claro que habían algunos nazis, pero la gran mayoría
eran alemanes pueblerinos en busca de un futuro mejor, entre ellos mi abuelo,
mi abuela, mi padre y mis tres tías. Mi padre, el hijo mayor, tenía 16 años y
sus tres hermanas eran sólo niñas. Mi abuela italiana y mi abuelo uno de los
más grandes científicos que vio nacer Praga no eran ratas.
Casi al final del mes de mayo de 1945, Heinrich Firbas, su esposa y sus
hijos Johann (mi padre), Edith, Heidi y Sissy fueron dejados en la frontera
austriaca. Sin nada más de lo que llevaban puesto, comenzaron su caminata hacia
la capital Viena, donde mi abuelo, con cuatro hijos menores de doce años, buscó
la forma cómo mantener dignamente a su familia.
Foto © Tías Archivo Familiar
Cuando se produjo la ocupación de los Sudetes por tropas del Ejército
Rojo el nuevo Presidente Edvard Benes proclamó: “Los alemanes y los húngaros no
son seguros”. Aquello ya condenaría millares de vidas inocentes. Los primeros
incidentes hacia alemanes fueron agresiones y palizas. Pero el Estado no tardó
en empeorar las cosas, pues se obligó a los alemanes a llevar distintivo por la
calle, a impedirles salir de sus casas en determinadas horas, a la prohibición
de andar por las aceras y supresión de servicios religiosos o médicos.
Hansi Rudel señala © que Giles MacDonogh es una reconocida autoridad en
dos materias tan distintas entre sí, como pueden ser el mundo del vino y la
historia de Alemania. Con su nueva obra ha convulsionado no sólo la
historiografía de la posguerra inmediata de la Segunda Guerra Mundial, sino la
visión que se tenía hasta ahora sobre el padecimiento de la población civil
alemana en aquellos años. Es lo que el historiador inglés describe con
precisión exhaustiva en Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra
alemana (Galaxia Gutenberg), un voluminoso ensayo que hace especial referencia
a asuntos vidriosos y apenas pormenorizados hasta ahora como son las masivas
muertes y los elevados índices de violaciones.
MacDonogh (Londres, 1955; nieto de un judío austriaco, cuya familia
padeció directamente la experiencia de los campos de exterminio) argumenta que
los meses inmediatamente posteriores a la victoria aliada en mayo de 1945 no
trajeron la paz al derrotado esqueleto social del Reich hitleriano, sino que
sus habitantes sufrieron mayores padecimientos que los implicados por la propia
guerra. En la zona rusa de Austria “la violación fue una práctica diaria hasta
1947”, y las cifras más conservadoras calculan en 20.000 las mujeres violadas en
Berlín; oficiales británicos recordaban los lagos de la próspera zona
occidental repletos de cadáveres de mujeres que se habían suicidado tras ser
forzadas, “algunas en 50 ocasiones”; sus edades variaban entre los 12 y los 75
años de edad.
Con todo, ha despertado polémica en círculos políticos e
historiográficos de Estados Unidos y Francia el distinto rasero con que, según
las voces críticas, Mac- Donogh valora la distinta conducta de los soldados
aliados occidentales. Ante la práctica inexistencia de violaciones
protagonizadas por las tropas de ocupación británicas, el autor incide en que
las violaciones fueron relativamente comunes en las áreas controladas por los
estadounidenses, y “algunos soldados fueron ejecutados por ello”. Acabada la
contienda, la rampante prostitución fue una moneda común entre la hambrienta
población femenina de la aquella zona aliada.
Según él se cuentan en unos 94.000 Besatzungskinder o “niños de la
ocupación” los nacidos de estas relaciones. “Entre 1945 y 1946 muchas niñas se
vieron empujadas a la prostitución por una cuestión de supervivencia. Los niños
también ofrecieron sus servicios a la tropas aliadas”. Era una opinión común
entre las autoridades de las zonas de ocupación norteamericana que la violación
fue un fenómeno que fue desapareciendo gracias al sexo a cambio de una tableta
de chocolate o una pastilla de jabón.
La actitud, en fin, de los ocupantes franceses es escrutada con similar
severidad desapasionada, extrayéndose conclusiones bastante menos favorables.
Así, habla del comportamiento de aquéllos en Stuttgart, donde “quizás 3,000
mujeres y ocho hombres fueron violados”. Otras 500 mujeres fueron violadas en
Vaihingen, añade.
En este relato minucioso y valiente –es el primer especialista que
disecciona los padecimientos de una población a manos de las potencias aliadas
y mayoritariamente democráticas–, Mac- Donogh calcula en tres millones los
alemanes que fallecieron tras el cese oficial de las hostilidades. Un millón de
soldados germanos murieron antes de que pudieran regresar a sus casas. La
mayoría de ellos lo hicieron como prisioneros de los soviéticos (dato
indicativo: de los 90.000 prisioneros alemanes en Stalingrado, sólo 5.000
regresaron a casa), pero también hubo decenas de miles de fallecidos como
prisioneros de los anglo- americanos. Muchos de ellos encerrados en multitud de
verdaderas jaulas diseminadas a lo largo del Rin, sin techo y apenas
alimentados. Otros alojados en los mismos campos regentados hasta hacía poco
por las SS nazis. Otros fueron más afortunados, y se convirtieron en mano de
obra esclava en algunos países aliados, algunos durante años. El investigador
británico da fe de la existencia todavía en 1979 de algunos alemanes que se
encontraban en esa situación en la Unión Soviética.
Los dos millones de civiles germanos que fallecieron fueron sobre todo
ancianos, niños y mujeres, a consecuencia de hambre, frío, enfermedades,
suicidios, asesinatos colectivos o las citadas violaciones.
El otro de los puntos más delicados que trata el ensayo es la
descripción pormenorizada de la matanza de un cuarto de millón de alemanes de
los Sudetes a manos de sus vengativos compatriotas checos. Los supervivientes
de esta limpieza étnica fueron desplazados a territorios del antiguo Tercer
Reich, sin poder regresar jamás a sus hogares. Semejantes desplazamientos y
masacres se desarrollaron en otras zonas como Polonia, Silesia o Prusia
Oriental.
Lamentablemente el documental Matar en Checoslovaquia de David Vondracek
(1) ha sido visto por algo más de 4,000 personas en todo el mundo. La cinta está en idioma alemán. Si comparamos este film
con otros relacionados a la Segunda Guerra Mundial veremos algunos realizados
por Estados Unidos que tienen millones de visitas. Sin embargo, les contaré en
español de lo que se trata.
Lo cuenta Jan Puhl en la revista Der Spiegel 22/2010. Las secuencias han
permanecido durante décadas olvidadas en una caja redonda de aluminio: las
tomas originales apenas duran siete minutos, rodadas en blanco y negro con
cámara de 8 milímetros el 10 de mayo de 1945 en el barrio Borislavka de Praga,
en aquellos días convulsos tras la capitulación de los alemanes.
El aficionado, que rodó, se llamaba Jiri Chmelnicek, vivía en el barrio,
era praguense e ingeniero de construcción y quiso documentar la liberación de
la ciudad. Chmelnicek filmó tanques avanzando por las calles y a soldados y a
gente huyendo. Y también a columnas de alemanes en la calle Kladenska, a quienes
soldados del Ejército Rojo y milicianos checos habían sacado de sus casas.
La película muestra asimismo a los alemanes siendo congregados a
continuación en los alrededores de un cine próximo, el “Borislavka”. Luego la
cámara apunta al borde de la calle. De espaldas al objetivo se alzan más de 40
hombres y al menos una mujer; al fondo se divisa un prado. Se oyen tiros y los
hombres van desplomándose en fila, uno tras otro, caen hacia delante sobre un
pequeño terraplén. Ya en el suelo los heridos suplican piedad. Es cuando se
acerca un camión del Ejército Rojo y machaca con sus ruedas a heridos y
muertos. Luego se ve a alemanes cavando en la campa del fondo una fosa común.
Las imágenes tambaleantes muestran algo que ya testigos oculares e
historiadores venían narrando: Las matanzas selectivas de civiles alemanes. Sin
embargo estas imágenes de ayer han dejado huella en los checos de hoy. “Hasta
ahora no se conocían filmaciones sobre estas ejecuciones”, dice el
documentalista checo David Vondracek, encargado de presentar su trabajo en televisión.
“Cuando lo vi por primera vez fue como una transmisión en directo del pasado”.
Hasta hoy sólo se conocían unas tomas de un equipo de las Fuerzas Armadas de
U.S., que muestran en Pilsen a alemanes heridos en el suelo a inicios de mayo
de 1945, también aparece algún muerto, pero no ejecuciones y liquidaciones como
aquí.
La documentación de Vondracek sobre los crímenes checos (Título: Matanzas a lo Checo), que se emitieron por la televisión pública en el mejor
horario precisamente dos días antes del 8 de mayo, es por ahora el punto álgido
de un proceso de elaboración, que los checos vienen llevando a cabo. Algo que
también vienen anotando y señalando las federaciones de sudetes alemanes.
Horst Seehofer quiere ser el primero tras la Segunda Guerra Mundial, que
como primer ministro bávaro visite oficialmente Praga en los próximos meses.
“Se han descubierto cosas importantes para los sudetes alemanes”, dijo
Seehofer.
Se calculan en unos tres millones los alemanes, que fueron expulsados
del país de los sudetes y de los demás territorios de Checoslovaquia por los
checos y el Ejército Rojo tras la derrota de Alemania. Unos 30.000 civiles
fueron víctimas de la venganza. Y muy pocos de entre ellos eran nazis; la
mayoría gentes, alemanes, que durante décadas llevaban viviendo puerta con
puerta con checos hasta la anexión de Bohemia y Moravia por Hitler en 1938.
No se sabe quién eligió y seleccionó en aquellos días precisamente a los
alemanes en Borislavka y de qué se les acusó. Probablemente fueron asesinados
por soldados del Ejército Rojo, quizá también por guardias revolucionarios de
las milicias checas. Entre quienes dispararon pudieran encontrarse también
colaboradores checos, que antes habían trabajado codo con codo con el ejército
alemán y ahora, tras la capitulación alemana, se veían un tanto obligados a
mostrar su lado más bestia e inhumano para así lavar su mancha y congratularse
ante los demás, como por desgracia ocurre con cierta frecuencia.
En cualquier caso, vieja y sangrante lección de bestialidad humana, que
se repite guerra tras guerra también en nuestros días.
Helena Dvorackova, hija del cineasta aficionado Jiri Chmelnicek, fue una
de las primeras en visionar las imágenes de las ejecuciones. No está segura de
los años que tenía cuando proyectó su padre la película en casa. “Tampoco
recuerdo si comentó algo, si bien hay poco que comentar”.
Su padre mantuvo el rollo escondido durante muchos años en casa; incluso
les visitó ciertos días la policía comunista, por lo visto alguien se dio
cuenta de que aquel día se filmaba. Preguntaron por la película, le amenazaron
e intentaron sonsacarle con promesas. Pero él se mantuvo en silencio sin entrar
al trapo. Quiso que el mundo se diera cuenta algún día de la bestialidad que se
cometió aquel día de mayo contra aquella gente indefensa en Borislavka.
Hace ya diez años -bastante después de la muerte de su padre- que Helena
Dvorackova ofreció el documento a un conocido historiador checo de televisión.
Pero lo mantuvo oculto. Se dice que dijo: “La gente me apedreará si lo
muestro”. Lo depositó en el archivo de la televisión estatal, que es donde lo
encontró el documentalista Vondracek, después de que hubiera tenido noticia de
ello por un cámara, conocido de la familia del cineasta aficionado.
Hoy día Borislavka es uno de los barrios de Praga más distinguidos. La
pradera, en la que ocurrieron los asesinatos, está poblada de hierba alta, pero
Vondracek quiere descubrir hoy la fosa común de los alemanes de ayer. “Debe
encontrarse en algún rincón", dice.
1 (C) Mikel Arizareta
A continuación las propiedades alemanas como granjas y espacios
agrícolas fueron confiscados. Protestar por estos atropellos era considerado
falta leve y se penaba al ciudadano alemán con diez latigazos, mientras que si
era grave se le fusilaba directamente. Mi familia simplemente perdió todo.
Algunos de ellos murieron, pero muchos de los vecinos de los Firbas declararon
ante las autoridades que ellos no eran nazis y por el contrario eran checos de
corazón. Eran mis abuelos y sus cuatro hijos.
La capital Praga, en la que vivían 500.000 alemanes fue un infierno para
ellos. En primer lugar, después de llegar los rusos, se escogió a varios
soldados alemanes que fueron atados a farolas y quemados vivos. Estamos
hablando de sucesos que ocurrieron luego de finalizada la Segunda Guerra
Mundial, con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945. Ya no había guerra.
Ya se había firmado la paz.
Pero algo sorprendente ocurrió con la llegada del Presidente Edvard
Benes, pues para recibirlo se organizó una ceremonia pública en la Plaza de
Wenceslao donde muchos alemanes fueron colgados de pies bajo paneles publicitarios
y rociados con gasolina. Sin embargo, el plato fuerte ocurrió el 18 de Mayo al
ser ametrallados en el Estadio Municipal de Praga unos 5.000 soldados SS
alemanes, aunque la guerra ya no existía.
La masacre en Saaz fue de la más sangrienta. Solamente en esa ciudad se
ametralló a 3.000 vecinos civiles alemanes. En Bokowitz los ciudadanos alemanes
fueron linchados públicamente por soldados y civiles checos, matando delante de
sus padres a los niños de 10 años y después a los adultos, pero como muchos no
morían por las palizas se les rociaba con ácido clorhídrico sobre las heridas y
huesos rotos para provocarles una muerte más agónica. En Brno se llevó a que
más de 250 mujeres se suicidaran.
En Iglau se hizo caminar desnudos a 350 civiles por la noche durante un
trayecto de 33 kilómetros. Uno a uno fue cayendo de cansancio o por el frío, a
otros se los remató a culatazos de fusil. Pero peor fue el destino del antiguo
alcalde de Iglau, pues al dictaminar el tribunal que lo juzgó a muerte, su
sentencia se realizó en la misma sala del juicio abriéndole el cuerpo con un
bisturí, por supuesto sin anestesia, mientras lanzaba alaridos de dolor que le
provocaron las roturas de las cuerdas vocales antes de fallecer. Ante estas
muertes agónicas que contemplaron otros ciudadanos, cerca de 1.200 alemanes
decidieron no pasar por ello y se suicidaron.
Se abrieron diversos campos de concentración para ciudadanos alemanes en
toda Checoslovaquia. En el campo de Hagibor había 1.200 prisioneros, la mayoría
mujeres, violadas hasta 45 veces por día. Otro campo, el de Kladnow, los
guardias recubrían las espaldas de los presos de alquitrán hirviendo mientras
se les golpeaba con porras.
En ese mismo lugar en Mayo de 1945 ocurrió la matanza de varios soldados
alemanes heridos a los que se condujo a un llano y se les lanzó por diversión
granadas de mano que explotaban y mataban con la metralla. Había más campos,
como el de Moraska-Ostrava. Todo en tiempo de paz.
Las mujeres alemanas de Checoslovaquia sufrieron humillaciones públicas
de todo tipo. Se las decía: “De rodillas putas alemanas” y cuando lo hacían les
cortaban los cabellos con bayonetas. Si alguna se desmayaba se la echaba un
cubo de agua helada encima para despertarla y seguir con la labor. Se las
rompían las costillas o les cortaban trozos de pies. Las embarazadas sufrían
más que nadie, pues mujeres checas y judías las apaleaban con porras hasta
hacerlas abortar. A muchas cautivas en los campos se las hacía comer
excrementos de los muertos infectados de disentería.
Casi tres millones de alemanes fueron expulsados a pie de los Sudetes y
Chequia en general. En los Sudetes murieron 250.000 germanos y en los campos de
concentración checos unos 175.000, lo que elevó la cifra a 425.000 alemanes
exterminados por Checoslovaquia. Entre esos tres millones estaban mis abuelos
Heinrich Firbas y su esposa Hermma Brick, mi papá Johann y sus hermanas Sissy,
Heidi y Edith. Los cuatro hijos menores de 12 años.
Como anécdota, un grupo de judíos que logró escapar a Estados Unidos le
rindió un homenaje a la abuela Brick, quien con valentía y coraje escondió en
su propiedad en Checoslovaquia a decenas de judíos, que al final salvaron sus
vidas gracias a ella. Mi padre odiaba a los nazis y siempre me lo repetía. Lo
peor es la venganza contra gente inocente.
Mi abuelo escondió en sus ropas unas láminas de oro, un prendedor de
corbata y un anillo, también de oro. Llegaron a Austria sin nada más, sin ropa,
sin hogar, sin una vida de decenas de años que tuvieron en Checoslovaquia.
Otros miembros de mi familia huyeron a Eslovaquia, Eslovenia y hasta se vieron
obligados a cambiar de apellido y de documentación. A los otros nunca más los
vieron.
Soy consciente que las injusticias están al orden del día. Pero cuando
le toca a uno recién reacciona. Para mí esta es sólo una injusticia más y
estaré siempre alerta de cualquier otra para denunciarla. Tuve la gran suerte
de recibir una educación alemana, en la que antes que nada está el amor a tu
país, a tu compatriota y a la justicia.
Mi abuelo, botánico, biólogo e ingeniero agrónomo de profesión hablaba
perfectamente siete idiomas: alemán, inglés, checo, latín, español, húngaro y
francés logró durante cuatro años algunos trabajos para poder alimentarse y
pagar un pequeño departamento para vivir. Sin embargo, la situación económica
en Austria era muy difícil, razón por la cual buscó nuevos horizontes.
En 1949 consiguió un puesto para trabajar de profesor y de ingeniero
agrónomo en Tucumán, Argentina. Así, tomó a sus seres queridos y en largo viaje
en tren llegó al puerto de Burdeos, en Bélgica, donde se embarcarían en el
barco de carga de bandera francesa llamado Kerguelen. Luego de varios meses
viajando en condiciones deplorables llegaron el 17 de octubre de 1949 a Buenos
Aires.
Con 45 años de edad, con su pasaporte checoslovaco en la mano ingresó a
argentina con su esposa Herminne con pasaporte italiano y con sus cuatro hijos
con documentos austriacos. Esas casualidades ¿o no? de la vida marcaron el
destino de mi padre. El Doctor Johann Firbas había llegado a América el 17 de
octubre y en esa misma fecha, pero en el 2002 falleció en Lima. Coincidencia o
no, creo que mi padre marcó su vida como buen hombre peruano.
Pero faltaba aún un largo trecho entre Buenos Aires y Tucumán. Al fin en
la provincia argentina, los pequeños Firbas ingresaron al colegio y el abuelo a
trabajar. Luego mi papá comenzó sus estudios en la Universidad de Tucumán, a
donde día a día se colgaba en la parte posterior de los tranvías porque no
tenía para pagar el pasaje desde la Calle San Miguel 205 -otra vez algo muy
raro. Siempre vivimos en el distrito de San Miguel, en Lima-. Nunca se pudo
comprar un libro y pasaba horas y horas en la biblioteca universitaria para
estudiar y graduarse.
Doctor en Bioquímica de la Universidad de Tucumán obtuvo su primer
trabajo gracias a su jefe, otro ciudadano alemán en el laboratorio de dicho centro
de estudios. En 1958 el abuelo ordenó el retorno de todos a Europa, pero mi
padre se opuso y se quedó en Tucumán. Al poco tiempo, la excelente situación
financiera que se vivía en Perú lo convenció para tomar sus maletas y viajar a
Lima en el 58. Cuando llegó a nuestro país las cosas comenzaron a cambiar.
Una vez en Lima encuentra un cuarto en un callejón de un solo caño en el
distrito de Breña. Calle Chacas, a la espalda de Alfonso Ugarte, cerca al local
del APRA. Buscando y buscando trabajo llega a una oficina del estado que
requería un bioquímico para algo especial. Era tan especial el laburo que hace
tres años nadie lo quería. Ningún peruano, al saber de lo que se trataba, se
negaba a aceptar el puesto.
"Doctor le cuento. Estamos tratando de identificar los parásitos
que tienen los niños en Iquitos, ya que la situación se ha convertido en grave
para la salud infantil de la selva. El trabajo consiste en recolectar las cacas
de los niños, pasarlos por un colador
para separarlos. Ver que bichos son y medicar a los pequeños. El sueldo es muy
bueno."
Ni lo pensó. Tomó el trabajo y se trasladó a Iquitos. Durante meses
estuvo día a día en un salón lleno de caca hasta que solucionó el asunto y
miles de niños fueron curados cada día mejor gracias a haber sido uno de los
científicos más renombrados del mundo. Ya les contaré detalles más adelante.
La Molinera Santa Rosa en el Callao le ofreció ser parte del equipo de
investigación de nuevos proyectos y productos es en ese momento que da el gran
salto con la famosa torta de cumpleaños Happy Birthday, que luego amplió su
mercado con otros alimentos más en caja como Picarones, Pizzas y otros.
Con esa platita compró su casa en la Avenida de los Patriotas, donde
vivo actualmente. Sin embargo; Hans Firbas III viajó a Praga y recorrió la
República Checa en busca de los bienes de la familia. Todos ellos robados y por
si no fuera poco asesinaron a mis ancestros. Fotos © Archivo Familiar
Hans-Peter Firbas






























