Colaborador: rafapal.com
Por Hans - Peter Firbas
Lo que usted va a leer le parecerá ciencia ficción, pero todo está probado. Hasta la película El Padrino III hizo suya esta historia macabra.
De acuerdo a las investigaciones emprendidas por la Justicia italiana, el estado Vaticano fue durante más de una década un paraíso fiscal. Se enviaba el dinero a cuentas en Suramérica (sobre todo Argentina) y Centroamérica. Ésta sería la baza que intentaría jugar el General Noriega cuando se vio invadido por su otrora benefactor, Estados Unidos: se refugió en la embajada vaticana de Panamá.
Por Hans - Peter Firbas
Lo que usted va a leer le parecerá ciencia ficción, pero todo está probado. Hasta la película El Padrino III hizo suya esta historia macabra.
En 1978 Albino Luciani o Juan Pablo I muere tras haber
ocupado únicamente un mes la silla del Papa. Debido a una escueta investigación
y a la negativa de realizar una autopsia se dictamina que la muerte se debió a
causas naturales. En el transcurso de pocos años, morirían Roberto Calvi y
Michele Sindona, los “banqueros” del Papa, cuyas conexiones con el Vaticano a
través del Banco Ambrosiano serían rumor durante años e inspirarían a Francis
Ford Coppola para su tercera entrega de El Padrino.
Juan Pablo I llegó al Vaticano para regenerar a su Iglesia.
En 1972, siendo cardenal de la diócesis de Venecia, Albino Luciani descubre en
un encuentro con el poderoso cardenal Marcinkus, encargado de la administración
vaticana, que había vendido la Banca Católica del Véneto al Banco Ambrosiano de
Roberto Calvi sin consultar al obispado de esa región, es decir, el propio
Luciani.
Cuando llega a Roma preguntando por qué la Iglesia se
deshacía de una banca que se dedicaba a ayudar a los más necesitados con
préstamos a bajo interés, el entonces sustituto del secretario de estado, Benelli,
le cuenta que existe un plan entre Roberto Calvi, Michele Sindona y Marcinkus
para aprovechar el amplio margen de maniobra que tiene el Vaticano: “evasión de
impuestos, movimiento legal de acciones”. La reacción de Luciani es de una
enorme decepción: “¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia de los pobres?
En nombre de Dios…” preguntó Luciani. Benelli, le interrumpió con un “no,
Albino, en nombre del dividendo”.
De acuerdo a las investigaciones emprendidas por la Justicia italiana, el estado Vaticano fue durante más de una década un paraíso fiscal. Se enviaba el dinero a cuentas en Suramérica (sobre todo Argentina) y Centroamérica. Ésta sería la baza que intentaría jugar el General Noriega cuando se vio invadido por su otrora benefactor, Estados Unidos: se refugió en la embajada vaticana de Panamá.
Según quedó demostrado en el juicio, a principios de los
años ochenta, la conexión Banco Ambrosiano-Banco Vaticano fue la puerta a
través de la cual Licio Gelli, vinculado a la mafia de Estados Unidos y agente
secreto norteamericano, entró a formar parte del núcleo de personas influyentes
en la Santa Sede. El Cardenal español López Sáez, quien escribió el libro “El Día
de la Cuenta” hace suya una cita de Pablo VI en relación con estos hechos: “el
humo de Satanás entró en la Iglesia”.
En el libro de Camilo Bassoto “Mi corazón está todavía en
Venecia”, se transcriben las siguientes palabras del Papa Luciani: “sé muy bien
que no seré yo el que cambie las reglas codificadas desde hace siglos, pero la
Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas. Quiero ser el padre, el amigo,
el hermano que va como peregrino y misionero a ver a todos, que va a llevar la
paz, a confirmar a hijos y a hermanos en la fe, a pedir justicia, a defender a
los débiles, a abrazar a los pobres, a los perseguidos, a consolar a los
presos, a los exiliados, a los sin patria y a los enfermos”.
Juan Pablo I llega al Vaticano con la intención de destituir
al cardenal Marcinkus y renovar íntegramente el Banco Vaticano. “Aquella que se
llama sede de Pedro y que se dice también santa no puede degradarse hasta el
punto de mezclar sus actividades financieras con las de los banqueros. Hemos
perdido el sentido de la pobreza evangélica. Hemos hecho nuestras las reglas
del mundo”.
Según relata Camilo Bassoto, periodista veneciano y amigo
personal de Juan Pablo I, “pensaba tomar abierta posición, incluso delante de
todos, frente a la masonería y la mafia, publicar cartas pastorales sobre la
mujer en la iglesia y la pobreza en el mundo”. Luciani quería, en definitiva,
revisar toda la estructura de la Curia, como relata Coppola en El Padrino III.
No es extraño, por tanto, que hombres como Marcinkus no le recibieran de buen
grado.
Contrariamente a los pronósticos Luciani accede al papado en
1978, por encima de un polaco. Desde el momento en que accedió al puesto de
Pedro, Juan Pablo I hizo constantes predicciones de que su papado sería corto.
El obispo John Magee que, en un principio, se dijo fue quien descubrió el
cadáver, recuerda en el libro de Cornwell “Un ladrón en la noche: la muerte del
Papa Juan Pablo I”: “Estaba constantemente hablando de la muerte, siempre
recordándonos que su pontificado iba a durar poco.”
El propio Magee, secretario personal de Juan Pablo I, y
amigo de Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el papa le dijo: “Yo me
marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará
mi lugar”. Según parece, Juan Pablo II confirmó a Magee que, en el momento de
la elección, él se encontraba casi de frente a Luciani.
Unos días antes de morir el papa, otro suceso luctuoso poco
conocido tuvo lugar muy cerca de él. El entonces “número dos” de la iglesia
ortodoxa rusa, Nikodim, muere tras tomarse una taza de café en el transcurso de
un entrevista con el papa romano. Este no aclarado suceso generó una reacción
anticatólica en Rusia tan honda que la herida no ha sido cerrada hasta hace
pocos muchos años. El cúmulo de “casualidades” previas a su muerte no se cierra
ahí.
Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la
confianza del papa, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a
pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo. Al parecer, también
por esos días una persona logró introducirse en los aposentos del papa, dejando
en evidencia la falta de seguridad en el Vaticano.
Para acabar de redondear todos estas extrañas señales, un
médico vaticano comentó al Papa días antes de su muerte que “tenía el corazón
destrozado” (el papa no le hizo ningún caso). Tanto Marcinzus como el también
cardenal Ugo Poletti, que iban a ser destituidos de sus cargos, hicieron
similares comentarios antes de su muerte: “¡Qué barbaridad! ¡Parece agotado!” UNA GRAN MENTIRA.