En octubre del año pasado publicamos unas notas sobre los vínculos de la Iglesia Católica y los gobiernos de Estados Unidos y Chile en dos puntos claves: la colaboración de El Vaticano con el golpe de estado contra el ex presidente Salvador Allende y la ayuda económica del ex presidente Ronald Reagan para que El Vaticano luche contra el comunismo internacional. Además la historia secreta del Banco Ambrosiano y la extraña muerte de Juan Pablo I.......
NOS VOLVEMOS A ARRIESGAR A VER SI LA PUEDEN LEER SIN CENSURA....a ver qué pasa...
El Vaticano colaboró con EEUU apoyando el
golpe de Pinochet
NOS VOLVEMOS A ARRIESGAR A VER SI LA PUEDEN LEER SIN CENSURA....a ver qué pasa...
El Vaticano colaboró con EEUU apoyando el
golpe de Pinochet
Entre los
cables secretos de la era Kissinger destaca el que pone por escrito los
esfuerzos de la Santa Sede, representada por el número dos del papa Pablo VI,
Giovanni Benelli, por defender al régimen militar chileno y por negar su
represión, cuya denuncia atribuyó a la "propaganda comunista" pese a
estar acreditada hasta por prelados conservadores de la Iglesia.
Todos
sabíamos que la Iglesia católica colaboró con el régimen militar de Augusto
Pinochet en Chile, y que toleró los crímenes de lesa humanidad de su régimen
dictatorial, pero toparse con un documento en el que se expone por escrito
cómo el número dos del Papa (en ese momento, el venerado por
"progresista" Pablo VI) apoya en nombre del Pontífice el golpe
de Estado contra la democracia en Chile, constituye un descubrimiento
periodístico de primera línea.
Tal como
esta misma madrugada deja patente La Repubblica, uno de los 15 medios de
comunicación del mundo que participa (conPúblico) de la exclusiva de Wikileaks, el sustituto de la
Secretaría de Estado del Vaticano, Giovanni Benelli, expresó a los diplomáticos
norteamericanos (el 18 de octubre de 1973 y en un encuentro que nada tenía que
ver con ese tema) "su grave preocupación, y la del Pontífice, sobre
la exitosa campaña internacional izquierdista para falsear completamente
las realidades de la situación chilena".
En aquella
fecha, Benelli era en la práctica el número dos del Papa, puesto que el
secretario de Estado, el cardenal Amleto Giovanni Cicognani, era demasiado
anciano para cumplir con la mayor parte de sus funciones y había entregado el
cargo a su sustituto. Así que ese florentino (nacido en el pueblo de Vernio,
muy cercano a la cuna de Maquiavelo) trabajó estrechamente durante un decenio
con su antiguo maestro, Pablo VI. Hasta ganarse el apodo de
"Kissinger del Vaticano" por su agresiva, casi autoritaria,
gestión al frente de la diplomacia de la Santa Sede.
Alianza entre Nixon y Pablo VI
Tan
importante era Benelli en el Vaticano que fue él quien recibió en persona
a Richard Nixon al pie del helicóptero en el que el presidente de EEUU
aterrizó en la Plaza de San Pedro en 1969 para sellar la alianza anticomunista
entre la Casa Blanca y la Santa Sede que dio origen a los más crueles golpes
militares en América Latina.
Tras el
golpe de Estado de Pinochet, "Benelli tildó la exagerada la cobertura de
los acontecimientos [en Chile] como posiblemente el mayor éxito de la
propaganda comunista, y subrayó el hecho de que incluso los círculos moderados
y conservadores parecían muy dispuestos a creer las mentiras más burdas
sobre los excesos de la Junta chilena", escribió en su informe la Embajada
de EEUU en Roma, en un cable clasificado "SECRETO" y con el código
"EXDIS" de máxima reserva.
"Al darse
cuenta de que la caída de Allende era uno de los mayores reveses para la causa
comunista, dijo Benelli" (tal como expone el cable diplomático
estadounidense ROME10729), "las fuerzas izquierdistas han minimizado
ampliamente los daños al convencer al mundo de que la caída de Allende fue
debida exclusivamente a fuerzas fascistas y externas, en vez de a los fallos de
su propia gestión política, como realmente ocurrió. Benelli expresó sus temores
de que el éxito de esta campaña de propaganda comunista pueda influir en
los medios de comunicación del mundo libre en el futuro.
En cuanto
a la represión del régimen militar pinochetista, el número dos de Pablo VI
sentenció: "Como es natural, desafortunadamente, tras un golpe de
Estado, hay que admitir que ha habido algún derramamiento de sangre en las
operaciones de limpieza en Chile, pero la Nunciatura en Santiago, el
cardenal Silva y el Episcopado chileno en general han asegurado al Papa Pablo
que la Junta está haciendo todo lo posible para que la situación vuelva a la
normalidad y que las historias de los medios internacionales que hablan de una
represión brutal no tienen fundamento".
Además,
Benelli (que fue candidato a Pontífice tras las muertes de Pablo VI y de Juan
Pablo I) alegó que no se podía poner en duda "la validez ni la sinceridad
de la interpretación del cardenal Silva" porque, en su opinión, dicho
prelado, era "uno de los más destacados progresistas dentro de la
Iglesia".
Después,
Benelli reconoce que "el Papa ha estado bajo dura presión interna en la
Iglesia, especialmente desde Francia, para hablar contra los excesos de la
Junta" de Pinochet. Y que "pese a los esfuerzos del Vaticano, la
propaganda izquierdista ha tenido un éxito notable incluso con algunos de los
cardenales más conservadores y con prelados que parecen incapaces de considerar
la situación con objetividad. El resultado es que los izquierdistas han logrado
crear una situación en la que el Papa sería atacado por los moderados si
defiende la verdad en Chile".
Más aún,
"el Vaticano está convencido, y la Nunciatura ha confirmado, que durante
los últimos meses del Gobierno de Allende, la Embajada de Cuba estaba sirviendo
como arsenal para distribuir armas fabricadas en Europa del Este a los
obreros chilenos", afirma Benelli.
El informe
secreto de la Embajada de EEUU ante el Vaticano termina con una corta frase,
sin duda restando importancia al tema puesto que lo deja para el final:
"El Vaticano informó la semana pasada a un intermediario izquierdista de
que el Papa no podría recibir a Isabel Allende, y Benelli cuenta con que
esto provocará nuevas críticas contra el Vaticano.
La extraña Muerte de Juan Pablo I
En 1978 Albino Luciani o Juan Pablo I muere tras haber
ocupado únicamente un mes la silla del Papa. Debido a una escueta investigación
y a la negativa de realizar una autopsia se dictamina que la muerte se debió a
causas naturales. En el transcurso de pocos años, morirían Roberto Calvi y
Michele Sindona, los “banqueros” del Papa, cuyas conexiones con el Vaticano a
través del Banco Ambrosiano serían rumor durante años e inspirarían a Francis
Ford Coppola para su tercera entrega de El Padrino.
Juan Pablo I llegó al Vaticano para regenerar a su Iglesia.
En 1972, siendo cardenal de la diócesis de Venecia, Albino Luciani descubre en
un encuentro con el poderoso cardenal Marcinkus, encargado de la administración
vaticana, que había vendido la Banca Católica del Véneto al Banco Ambrosiano de
Roberto Calvi sin consultar al obispado de esa región, es decir, el propio
Luciani.
Cuando llega a Roma preguntando por qué la Iglesia se
deshacía de una banca que se dedicaba a ayudar a los más necesitados con
préstamos a bajo interés, el entonces sustituto del secretario de estado, Benelli,
le cuenta que existe un plan entre Roberto Calvi, Michele Sindona y Marcinkus
para aprovechar el amplio margen de maniobra que tiene el Vaticano: “evasión de
impuestos, movimiento legal de acciones”. La reacción de Luciani es de una
enorme decepción: “¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia de los pobres?
En nombre de Dios…” preguntó Luciani. Benelli, le interrumpió con un “no,
Albino, en nombre del dividendo”.
De acuerdo a las investigaciones emprendidas por la Justicia italiana, el
estado Vaticano fue durante más de una década un paraíso fiscal. Se enviaba el
dinero a cuentas en Suramérica (sobre todo Argentina) y Centroamérica. Ésta
sería la baza que intentaría jugar el General Noriega cuando se vio invadido
por su otrora benefactor, Estados Unidos: se refugió en la embajada vaticana de
Panamá.
Según quedó demostrado en el juicio, a principios de los
años ochenta, la conexión Banco Ambrosiano-Banco Vaticano fue la puerta a
través de la cual Licio Gelli, vinculado a la mafia de Estados Unidos y agente
secreto norteamericano, entró a formar parte del núcleo de personas influyentes
en la Santa Sede. El Cardenal español López Sáez, quien escribió el libro “El
Día de la Cuenta” hace suya una cita de Pablo VI en relación con estos hechos:
“el humo de Satanás entró en la Iglesia”.
En el libro de Camilo Bassoto “Mi corazón está todavía en
Venecia”, se transcriben las siguientes palabras del Papa Luciani: “sé muy bien
que no seré yo el que cambie las reglas codificadas desde hace siglos, pero la
Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas. Quiero ser el padre, el amigo,
el hermano que va como peregrino y misionero a ver a todos, que va a llevar la
paz, a confirmar a hijos y a hermanos en la fe, a pedir justicia, a defender a
los débiles, a abrazar a los pobres, a los perseguidos, a consolar a los
presos, a los exiliados, a los sin patria y a los enfermos”.
Juan Pablo I llega al Vaticano con la intención de destituir
al cardenal Marcinkus y renovar íntegramente el Banco Vaticano. “Aquella que se
llama sede de Pedro y que se dice también santa no puede degradarse hasta el
punto de mezclar sus actividades financieras con las de los banqueros. Hemos
perdido el sentido de la pobreza evangélica. Hemos hecho nuestras las reglas
del mundo”.
Según relata Camilo Bassoto, periodista veneciano y amigo
personal de Juan Pablo I, “pensaba tomar abierta posición, incluso delante de
todos, frente a la masonería y la mafia, publicar cartas pastorales sobre la
mujer en la iglesia y la pobreza en el mundo”. Luciani quería, en definitiva,
revisar toda la estructura de la Curia, como relata Coppola en El Padrino III.
No es extraño, por tanto, que hombres como Marcinkus no le recibieran de buen
grado.
Contrariamente a los pronósticos Luciani accede al papado en
1978, por encima de un polaco. Desde el momento en que accedió al puesto de
Pedro, Juan Pablo I hizo constantes predicciones de que su papado sería corto.
El obispo John Magee que, en un principio, se dijo fue quien descubrió el
cadáver, recuerda en el libro de Cornwell “Un ladrón en la noche: la muerte del
Papa Juan Pablo I”: “Estaba constantemente hablando de la muerte, siempre
recordándonos que su pontificado iba a durar poco.”
El propio Magee, secretario personal de Juan Pablo I, y
amigo de Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el papa le dijo: “Yo me
marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará
mi lugar”. Según parece, Juan Pablo II confirmó a Magee que, en el momento de
la elección, él se encontraba casi de frente a Luciani.
Unos días antes de morir el papa, otro suceso luctuoso poco
conocido tuvo lugar muy cerca de él. El entonces “número dos” de la iglesia
ortodoxa rusa, Nikodim, muere tras tomarse una taza de café en el transcurso de
un entrevista con el papa romano. Este no aclarado suceso generó una reacción
anticatólica en Rusia tan honda que la herida no ha sido cerrada hasta hace
pocos muchos años. El cúmulo de “casualidades” previas a su muerte no se cierra
ahí.
Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la
confianza del papa, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a
pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo. Al parecer, también
por esos días una persona logró introducirse en los aposentos del papa, dejando
en evidencia la falta de seguridad en el Vaticano.
Para acabar de redondear todos estas extrañas señales, un médico
vaticano comentó al Papa días antes de su muerte que “tenía el corazón
destrozado” (el papa no le hizo ningún caso). Tanto Marcinzus como el también
cardenal Ugo Poletti, que iban a ser destituidos de sus cargos, hicieron
similares comentarios antes de su muerte: “¡Qué barbaridad! ¡Parece agotado!”
Llega el Papa Polaco
Con estos antecedentes, Juan Pablo II alcanza el obispado de
Roma en un año 1978 plagado de acontecimientos trágicos. En realidad, como
queda expuesto en el libro ‘El Día de la Cuenta’ del cura español López Sáez,
Wojtyla había sido promocionado a esas esferas a lo largo de la década de los
setenta nada menos que por Estados Unidos. Con la ayuda de una profesora
universitaria bien conectada, Wojtyla fue introducido en los círculos próximos
al poder a través del cardenal de Filadelfia, Krol y del político Brzezinski,
ambos, de ascendencia polaca.
Éste último, oscuro personaje ligado a Henry Kissinger,
sería consejero de seguridad del presidente Carter y se cartearía con Wojtyla a
menudo siendo ya Papa. Así pues, la política exterior del Vaticano sufrió un
cambio de 180 grados a raíz de la defunción Juan Pablo I. Con la llegada de
Reagan al poder, la conexión entre el Vaticano y la Casa Blanca se haría
todavía más estrecha, eligiendo el ex actor a sus representantes de política
exterior entre católicos; una vía más para aproximarse a la Santa Sede.
La conexión entre el Vaticano, los Estados Unidos y la Mafia
vendría propiciada por la máxima obsesión desde que Wojtyla llega al poder:
acabar con el comunismo, el sistema en el que había vivido y que todavía
reinaba en su patria. Según diversas investigaciones reflejadas en el libro de
López Sáez, todavía con Juan Pablo II en el poder del Vaticano se desviarían
fondos ilegalmente para la financiación del Sindicato Polaco Solidaridad.
Reagan aportó 500 millones de dólares de ayuda para Lech
Wallesa. El general Vernon Walters, recientemente muerto fue quizá él quien
ayudó a la elección de Wojtyla y puede que fuera cómplice en la muerte del papa
Luciani. El mantuvo estrecha relación con el Papa tras mostrarle unas fotos
sobre la intención de la Unión Soviética de intervenir en su amada Polonia.
Richard Allen, que fue consejero de seguridad del presidente Reagan, afirmó que
“la relación de Reagan con el Vaticano fue una de las más grandes alianzas
secretas de todos los tiempos”.
Al parecer, la alianza venía de mucho tiempo atrás. Según
afirma López Sáez en su libro “El día de la cuenta”, Vaticano-Estados
Unidos-mafia siciliana-cosanostra habían convergido en oscuras alianzas en la
era fría, al unirles un enemigo común: el comunismo. Sostiene Sáez apoyándose
en libros como “El fantasma del pasado”, de Flamigni, que la mafia siciliana
fue una especie de gobierno secreto estadounidense al finalizar la II Guerra
Mundial, establecido para impedir la extensión del comunismo.
Como se demostró en el sumario abierto contra Roberto Calvi,
el Banco Ambrosiano habría sido un trampolín al servicio de la CIA y la mafia
para distribuir cantidades astronómicas con la complicidad de las ventajas
fiscales del Vaticano a paraísos como Panamá o Nassau, que después servirían
para financiar todo tipo de operaciones secretas (asesinatos, golpes de estado)
fundamentalmente en América Latina.
En El Salvador y Nicaragua, se cometerían precisamente
algunos de los más tristes atentados contra clérigos católicos de finales del
siglo XX: Ellacuría y cinco jesuitas más (1989), Monseñor Romero (1980).
Curiosamente, Juan Pablo II había despachado a Monseñor Romero unos meses antes
de su muerte en una audiencia en torno a las violaciones de los derechos
humanos con un “no me traiga muchas hojas que no tengo tiempo para leerlas… Y
además, procure ir de acuerdo con el gobierno”. Como relata López Sáez,
Monseñor Romero salió llorando de la audiencia papal, mientras comentaba “el papa
no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”.
El Ejemplo de Aldo Moro
El asesinato del presidente italiano Aldo Moro,
curiosamente, también en 1978, el año de la muerte de Juan Pablo I, puede
servir para documentar mejor su muerte y el posterior atentado a Wojtyla.
El entonces líder del partido democristiano italiano había
decidido saltarse una de las normas de la política italiana de la era fría: la
mañana en que es secuestrado por el grupo de izquierda radical, las Brigadas Rojas,
se disponía a formar gobierno con los comunistas. El 2 de mayo del mismo año,
Mino Pecorelli publica en su revista: “la emboscada de Vía Fani lleva el sello
de un lúcido superpoder. El objetivo primario es, sin más, el de alejar al
partido comunista del área de poder en el momento en que se da el último paso,
la participación directa en el poder.
El cerebro director que ha organizado la
captura de Moro no tiene nada que ver con las Brigadas Rojas tradicionales. El
comando de vía Fani expresa de forma insólita pero eficaz la nueva estrategia
política italiana”. Lo cierto es que ni la policía ni los servicios secretos
parece que se esforzaron demasiado en liberar al presidente de gobierno de
Italia, que moriría el 9 de mayo, tras 55 días de secuestro.
El mismo Pecorelli escribe el 17 de octubre en su revista
“el ministro de policía lo sabía todo, sabía incluso donde estaba preso”. El 16
de enero de 1979, Pecorelli anuncia nuevas revelaciones pero dos meses después
es asesinado: dos disparos y una piedra en la boca, por hablar. El miembro de
Brigadas Rojas Prospero Gallinari reconoce que contaron con tutela externa en
la realización del atentado: “Entonces había quien debía buscarnos y, sin
embargo, no lo hacía porque era de la P2, porque les convenía la muerte de
Moro”. El general Giovanni Romeo, jefe del departamento del servicio secreto
militar en aquella época, dijo a la comisión parlamentaria antiterrorista
instituida en los años ochenta: “cuanto todos hablaban de afrontar el
terrorismo mediante infiltraciones, el Departamento D ya lo había hecho”.
Como demuestra López Sáez, los agentes de la logia P2 –al
servicio de la CIA, no lo olvidemos– estaban infiltrados en los servicios
secretos italianos, amén de tener habituales contactos con la mafia siciliana
en asuntos como el tráfico de drogas y de armas, de donde salían los fondos
para pagar golpes de estado y paramilitares en América Latina, fundamentalmente
(el escándalo Irán-Contra del coronel North demostraría posteriormente estas
suposiciones). De fondo estaba la frontal oposición de los Estados Unidos a que
los comunistas alcanzaran el poder en Italia.
Un encuentro de Aldo Moro con el
todopoderoso Henry Kissinger, siendo todavía ministro de Asuntos Exteriores
italiano, es relatado de la siguiente manera por la viuda de Moro: “es una de
las poquísimas veces en que mi marido me relata con precisión lo que habían
dicho sin revelarme el nombre de la persona…’ Honorable, usted debe dejar a un
lado su plan político para llevar todas las fuerzas de su país a colaborar
directamente. Aquí, o usted deja de hacer su plan o lo pagará caro. Entiéndalo
como quiera”. La suerte de Moro y la del papa Luciani parecían ir unidas en
aquel 1978.
El Papa Juan Pablo I, elegido en ese mismo año 1978, había
decidido que la iglesia no debía entrometerse en asuntos político. Teniendo en
cuenta la poderosa influencia que la Iglesia había tenido en la orientación del
voto hacia la democracia cristiana, no extrañará el interés por verle
desaparecer. William Colby, jefe de la CIA entre 1973 y 1976, declaró en sus
memorias que “la mayor operación polítida asumida por la CIA fue prevenir el
avance comunista en Italia en las elecciones de 1958, impidiendo así que la
OTAN fuese amenazada políticamente por una quinta columna subversiva: el PCI”.
En aquella época, el dinero sucio penetraba en la política italiana en todos
los partidos políticos, llegando a corromper también al partido socialista.
Según denuncia el periodista alemán Jürgen Roth “Bettino Craxi, entonces
presidente de la nación y de los socialistas italianos, fue corrompido con
millones de dólares de la P2. De acuerdo con los planes de la P2, en sus cuatro
años en el cargo aseguró mediante decretos del Gobierno, entre otras cosas, el
imperio mediático del miembro de la P2, Silvio Berlusconi”.
(C) Diversas Fuentes

