A MI NO ME LO TIENEN QUE CONTAR
Nota del Redactor: decenas de miembros de mi familia Firbas estaban en Checoslovaquia luego de firmada la paz y fueron testigos presenciales de este exterminio. La mayoría murió. Por suerte mis abuelos, mi padre y sus tres hermanas fueron deportados a Austria con sólo la ropa que llevaban puesta. Gracias a sus vecinos que abogaron por ellos. Los defendieron contra las turbas y el Ejército Rojo por considerarlos hombres de bien.
Edvard Beneš nació en 1884 en Sezimovo Ústí, hoy en día perteneciente a la República Checa. A sus treinta años de edad comenzó su campaña para crear la nación checa. Una de sus primeras actividades relacionadas con ese objetivo fue su conspiración contra el imperio Austro Húngaro. Formó un grupo rebelde para iniciar una revuelta subversiva y desestabilizar dicho imperio.
Pero su objetivo no sólo era ese, sino hacer todo lo posible para destruir a los alemanes que vivían en su supuesto territorio y más adelante negociar con países que tenían el mismo plan: destruir Alemania. Con tan sólo 32 años fue nombrado Secretario General de la Unidad Nacional Checoslovaca, organizando legiones de voluntarios para luchar contra las fuerzas de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial.
Cuando finalizó esta se forma un gobierno encabezado por Karel Kramář y Eduard Benes es nombrado Ministro del Exterior, cargo que ocuparía hasta 1935. Ese mismo año fue iniciado en la Francmasonería perteneciendo a la Logía Pravda Vitézi de la ciudad de Praga. Durante los próximos veinte años ocupó diferentes cargos en la administración checoslovaca, hasta que se firmó el Pacto de München, el 5 de octubre de 1938. Renunció a su cargo y huyó al Reino Unido y después a los Estados Unidos dónde daría clases en la Universidad de Chicago.
Al finalizar La Segunda Guerra Mundial regresó a Praga y tomó por propia decisión, sin elecciones ni nada parecido la Presidencia. Lo primero que realizó fue decretar medidas que convirtieron a su país en un baño de sangre y en un infierno para miles de centenares de extranjeros, inclusive alemanes nacidos en Checoslovaquia (los Firbas). Lo diabólico en esta historia es que la guerra había finalizado y se vivía tiempos de paz.
En el decreto Benes dijo textualmente: “Los alemanes y los húngaros no son seguros. Es preciso arrebatarles la administración del país y sus bienes personales”. Inmediatamente su maquinaria de la muerte empezó a funcionar con fuertes medidas intimidatorias contra los germanos, como llevar una insignia-distintivo, limitación de las horas para salir de sus domicilios, prohibición de asistir a la iglesia, de caminar por las aceras y de recibir cuidados médicos en los hospitales. Además todas las granjas y maquinarias agrícolas alamana fueron confiscadas.
Exactamente por estos mismos delitos fueron ejecutados millares de alemanes, incluida su cúpula gubernamental tras el falso juego del Juicio de Nüremberg, pero en Checoeslovaquia, la comunidad internacional y los aliados aceptaron la masacre de Benes como algo lícito y legal. Esos alemanes no tuvieron sus películas cinematográficas, noticias de la prensa o denuncias de los Derechos Humanos ni de la Sociedad de Naciones.
Benes continuó atizando el fuego de la venganza y en cada ciudad se crearon campos de concentración, donde las humillaciones, vejaciones, palizas, latigazos, intimidación, asesinatos masivos y linchamientos de ciudadanos de etnia alemana fueron practicados sistemáticamente, de forma legal y encubierta por su gobierno. En la Checoeslovaquia de Eduard Benes la espiral de violencia fue tan atroz, que no tiene parangón con ningún otro exterminio realizado.
En el campo de concentración de Hagibor los 1.200 detenidos repartidos en 4 hangares eran seleccionadas las mujeres por trabajadoras de la Cruz Roja Checa y llevadas por las noches a los soldados rusos, que las violaron sistemáticamente una y otra vez. Algunas fueron violadas hasta 45 veces en una sola noche.
En Iglau ordenaron marchar desnudos por la noche 33 kilómetros a todos los vecinos alemanes. El que se caía era rematado a culatazos. De la marcha de la muerte no quedó supervivientes y el resto del pueblo prefirió el suicidio que tal caminata. En el campo de concentración de Freudenthal muchos prisioneros se les enterraban con vida. En Moraska Ostrava las prisioneras embarazadas eran asesinadas y sus hijos a base de porrazos en el vientre.
En el pueblo de Saaz todos sus habitantes fueron ametrallados por una unidad del ejército checo, muriendo 3.000 personas. En el estadio municipal de Praga, el 18 de Mayo, cinco mil prisioneros de las SS fueron ametrallados. En otros campos obligaban a los presos a comer excrementos de otros presos infectados de disentería. Tal como relataba el Ingeniero Franz Resch en el documento nº 5 del Libro Blanco de los Alemanes Sudetes: “En Bokowitz vi a miles de alemanes, hombres y mujeres, civiles y soldados, e incluso a criaturas de diez años, salvajemente asesinados”.
“Las turbas apalearon a aquellos seres indefensos. Los cuerpos dislocados eran recubiertos de ácido clorhídrico, para aumentar los sufrimientos. Algunos todavía vivían cuando se les cortaron los dedos para arrebatarles sus anillos o alianzas. También vi, en el campo de Kladnow, cómo se vertía alquitrán hirviendo sobre las espaldas desnudas de ciertos internados, tras lo cual se les pegaba con bastones. Yo perdí el riñón derecho a consecuencia de los golpes recibidos.” Y como suele ser por desgracia habitual en nuestros días, este personaje tiene en el centro de Praga un monumento.
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