sábado, 2 de mayo de 2020

FIRBAS: CUANDO PASO A SER TESTIGO DE VARIAS COINCIDENCIAS

Hans-Peter Firbas.- Desde que comencé con mi trabajo periodístico en 1980, me enfrenté a una serie de hechos que definitivamente marcaron mi vida. Sin embargo, cada uno de ellos ocurrió durante el ejercicio de mis labores como comunicador social, es decir, en horas de laburo.
Desde enfrentarme a Sendero Luminoso, a persecuciones presidenciales y amenazas por parte de delincuentes de saco y corbata. Cuando mi padre vino a vivir al distrito de San Miguel, Urbanización Maranga allá por 1964 comprendí que era un lugar privilegiado para crecer, jugar, vivir, casarme con mi vecina, educar a mis hijos, pasear a mis perritos y con paz en mis últimos pasos por este camino.

Por el oeste, a pocos metros, el aire limpio del Pacífico, que evita respirar la contaminación. Escasos edificios y no existen dos manzanas construidas sin tener entre ellas áreas verdes y parques inmensos. De cuatro, ocho o diez manzanas. En fin, el espacio entre persona y persona es inmenso y son pocas las personas en pobreza y prácticamente nadie en extremas carencias.

Con el asunto que tenemos que soportar, decidí sólo salir a la calle a atender a mis perritas y una que otra compra que quedó en el tintero, ya que el delivery de mis amigos bodegueros que son mis vecinos y amigos hace más de cincuenta años me permiten ciertas gollerías.

Mi trabajo como consultor corporativo y mi hobbie como periodista de este blog, me mantienen ocupado, aunque no relajado y menos en paz. De allí la importancia de mis mascotas Kiara y Chasca, como antes las fueron mis amados Fritz y Klaus, que ahora disfrutan del Regenbogenland.

Mi paseo por los parques de Maranga, pisar el césped bajo las sombras de viejos árboles que se resisten a caer, permaneciéndose erguidos como una muestra de la fuerza de nuestra naturaleza. Salgo con mis perritas, paseo un rato, aprovecho para caminar y hacer ejercicios de 'viejito' y mis perritas felices. Les encanta revolotear, oler todo lo que pueden, hacer sus necesidades con honor y regresar al hogar listas para un merecido reposo.

Pero hoy fue uno de esos días en los cuales me hacen pensar, como siempre, que las casualidades no existen. Justo al tomar el ascensor, mi esposa me alcanza una bolsa con frutas y me dice que en la puerta del edificio hay un joven y que se la entregue. 

Conociendo a mi mujer, me dije: una obra de caridad. Sin embargo,al abrir la puerta y ver las condiciones en las que se encontraba el joven rompieron mi felicidad. Pretender que iba con mis perritas en busca de algo de luz en esta oscuridad total que desgarra el alma de cualquiera que la tenga y encontrarme a un compatriota como un saco de basura tirado en el piso revisando los desperdicios dejados para que el servicio de limpieza se encargue del asunto.

A poco de salir, una ambulancia, una camioneta de bomberos, otra de policías y personas con ropa de protección biológica retirando un presunto enfermo en camilla. Me di media vuelta y hacia el parque para relajarme con mis viejos amigos, aquellos los de las hojas verdes y ramas gruesas.

De pronto, veo desde la puerta de un edificio frente al parque de destino a una señora salir corriendo gritando 'ayuda' y dirigiéndose al puesto de urgencia de la Municipalidad de San Miguel, que por coincidencia se encuentra en el mismo parque de mis caminatas. Mi instinto periodístico hizo que tomara mi teléfono y grabara lo que sucedió luego desde muy lejos por respeto a la víctima y a sus familiares, vecinos y amigos.

Tres hechos en un lapso de pocos minutos, que estadísticamente no los puedo pasar como coincidencias. Ahora, esta presión y angustia de ser comunicador social en medio de esta tragedia, me convierte al mismo tiempo en testigo. Lo que buscaba era un pequeño recuerdo de mi pasado feliz, cuando era niño en bicicleta preocupado sólo por llegar a casa a las seis de la tarde para ver a Los Picapiedra. Era dar una vuelta en busca de paz para mi alma. 

Así están las cosas en Perú y sé, de antemano, que esto sólo es el comienzo y que nos espera una verdadera desgracia. Espero no cometer ningún error y mantener a mi familia sana. Soy optimista, porque no tenemos miedo, porque somos fuertes y eso ayuda a pensar mejor. Pero a veces, el corazón se raja. Espero que no se rompa por completo.