Todo comenzó en el año 2,000, cuando un grupo de tablistas tomó el asunto muy en serio y lo continúa haciendo hasta el día de hoy. Una lucha muy dura comenzó hace años gracias a los esfuerzos realizados por diferentes personas comprometidas con esta actividad, que puede ser tomada de forma profesional o simplemente recreativa.
El deporte y el turismo demuestran una vez más que van de la mano. Y no sólo eso. La salud que significa practicarlo y obtener una armoniosa confluencia entre el hombre y la naturaleza, contribuyen aún más en ese especial estilo de vida que tiene ‘la gentita peruana’ relacionada a uno de los deportes más antiguos del planeta.
La pésima planificación en diversas construcciones u obras mal puestas en lugares incorrectos en la costa nacional, cortaba la armoniosa relación con el mar. Mientras otros deportes deben invertir millones y millones para llegar a tener escenarios de primer nivel, las olas y el océano son los estadios naturales que existen porque sí y se encuentran a la mano de los amantes del surf. Son miles y miles de turistas y profesionales que llegan al Perú todos los años y a muchas de sus playas, consideradas como mágicas pinceladas puestas allí por verdaderos artistas.
Trece años de batallas contra la burocracia y los poderes del estado hasta que el Congreso de la República dio el okey a un reglamento de la ley que especifica los trámites técnicos necesarios para proteger una ola o rompiente. Ya desde comienzos de este nuevo siglo, Javier Swayne Campeón Latinoamericano 2003 y Sofía Mulanovich Campeona Mundial ASP 2004 fueron los primeros tablistas de la nueva generación tan alejada de Felipe Pomar –Campeón Mundial 1965- que comenzaron a mover el ambiente periodístico y de los hinchas y fanáticos de una naciente disciplina que comenzaba a masificarse en todas sus formas.
El año 2016 fue la ola de Chicama, que tiene la fama de ser la más larga del mundo, la que se convirtió en la primera en estar protegida por esta ley. Dicha localidad al norte de la capital concentra esta actividad que genera muchos ingresos económicos por la llegada de turistas nacionales e internacionales, quienes no se quieren perder de subirse a la mejor ola del universo.
Proteger una ola es un proceso laborioso y caro. Hay que presentar a la Marina un expediente técnico de la rompiente que detalle, entre otros aspectos, su perfil barimétrico, es decir el arte de la medición de la gravitación y la pesantez. La ley de protección de rompientes asegura al mundo la posibilidad de contar con escenarios naturales en esos tres mil kilómetros de costa.
La pésima planificación en diversas construcciones u obras mal puestas en lugares incorrectos en la costa nacional, cortaba la armoniosa relación con el mar. Mientras otros deportes deben invertir millones y millones para llegar a tener escenarios de primer nivel, las olas y el océano son los estadios naturales que existen porque sí y se encuentran a la mano de los amantes del surf. Son miles y miles de turistas y profesionales que llegan al Perú todos los años y a muchas de sus playas, consideradas como mágicas pinceladas puestas allí por verdaderos artistas.
Trece años de batallas contra la burocracia y los poderes del estado hasta que el Congreso de la República dio el okey a un reglamento de la ley que especifica los trámites técnicos necesarios para proteger una ola o rompiente. Ya desde comienzos de este nuevo siglo, Javier Swayne Campeón Latinoamericano 2003 y Sofía Mulanovich Campeona Mundial ASP 2004 fueron los primeros tablistas de la nueva generación tan alejada de Felipe Pomar –Campeón Mundial 1965- que comenzaron a mover el ambiente periodístico y de los hinchas y fanáticos de una naciente disciplina que comenzaba a masificarse en todas sus formas.
El año 2016 fue la ola de Chicama, que tiene la fama de ser la más larga del mundo, la que se convirtió en la primera en estar protegida por esta ley. Dicha localidad al norte de la capital concentra esta actividad que genera muchos ingresos económicos por la llegada de turistas nacionales e internacionales, quienes no se quieren perder de subirse a la mejor ola del universo.
Proteger una ola es un proceso laborioso y caro. Hay que presentar a la Marina un expediente técnico de la rompiente que detalle, entre otros aspectos, su perfil barimétrico, es decir el arte de la medición de la gravitación y la pesantez. La ley de protección de rompientes asegura al mundo la posibilidad de contar con escenarios naturales en esos tres mil kilómetros de costa.
Por otra parte, unos cien mil turistas acuden todos los años a nuestro país para correr olas, lo que deja unos beneficios de 120 millones anuales, según datos oficiales. Y el potencial es inmenso: tras el éxito de los Juegos Panamericanos, en los que el equipo de surf peruano se coronó campeón, ahora se apunta a las próximas Olimpiadas de Tokio, a la caza de comenzar a ganar medallas en serie en el futuro.
Proteger las olas es positivo para la naturaleza y para la sociedad. Son numerosas las iniciativas que han surgido en Perú en torno al surf. Desde hoteles y casa de huéspedes, escuelas municipales, ONG, restaurantes y una serie de negocios vinculados a esta actividad, que ven en el deporte de la tabla una alternativa para niños y jóvenes que buscan quizás un futuro profesional o simplemente tener una vida sana, practicando deporte junto a la naturaleza. Lo que comenzó siendo un deporte de las élites limeñas en los años cuarenta, ha terminado convirtiéndose en uno de los deportes más populares del país.
