Nota del Redactor: el siguiente artículo fue publicado en la Revista CEDADE en febrero de 1985. CEDADE, Círculo Español de Amigos de Europa fue un grupo nacionalsocialista creado en Barcelona en 1966 y que desapareció en 1993 tras una fuerte censura del gobierno español. El CEDADE puede considerarse como el mayor y mejor organizado de todos los grupos nacionalsocialistas en Europa. Estuvo relacionado con el creador del partido Rexista belga y General de las Waffen SS Léon Degrelle y la Jeune Europe de Jean Thiriart y los excombatientes de la División Azul todavía afines al ideal nacionalsocialista. Esta organización editaba la excelente Revista Cedade.
Ante el espectáculo de los pueblos sometidos al sistema económico capitalista, y queriendo Hitler sustraer a Alemania a tal esclavitud, afirmaba rotundamente que "el pueblo no vive para la Economía y la Economía no existe para el Capital, sino que es el Capital quien sirve a la Economía y la Economía al Pueblo". Había demostrado a su vez con hechos palpables que la riqueza no es el oro sino el trabajo.
Y así iba quedando en entredicho la aberración de que el dinero debe privar por encima de los valores del espíritu. Hitler había recibido una Alemania arruinada tras la derrota de 1918 y por las sanciones económicas impuestas y exhausta a causa de la gran crisis y de las luchas internas. Con sus nuevas fórmulas económicas pero no menos gracias a su férrea voluntad y a la inteligencia y disciplina de un pueblo Hitler estaba elevando a la minúscula Alemania al rango de gran potencia internacional.
El presidente americano Roosevelt, que había ascendido al poder al mismo tiempo que Hitler, gobernando un país 19 veces mayor que el Reich, contando con recursos económicos infinitamente superiores y dotado de vastos campos agrícolas y fértiles tierras, no lograba encontrar el medio de dar trabajo a sus once millones de parados. Ni siquiera Inglatarra y Francia, pese a sus imperios coloniales, lograban librarse de las secuelas de la gran crisis al seguir estando sometidas al Sistema del becerro de oro.
Lo importante para Hitler no era el tener cierta cantidad de oro en una gaveta o en un sótano de banco, sino el que las gentes comiese lo mejor posible, que viviesen en casas higiénicas, decorosas y estéticas, que pudiesen trasladarse cómoda y fácilmente de un lugar a otro en medios de locomoción propios o públicos, se vistiesen con decencia y elegancia, dispusiesen de libros, de objetos artísticos, de centros de cultura, de escuelas, universidades y museos, que tuviesen teatros, lugares de esparcimiento físico y recreativos, templos para el culto divino y, por supuesto, medios de defensa.
Si los "superdotados" de la denominada "Ciencia Económica" alegaban que tales tierras no podían dedicarse al cultivo ni emplear en ellas a un determinado número de parados a consecuencia de que no había dinero para llevar a cabo tal empresa, esta razón era generalmente aceptada. Pero el sistema Nacionalsocialista se desentendía que hubiese o no divisas en las cajas bancarias u oro en sus sótanos.
Lo que hacía era emitir el dinero papel necesario; con esas tierras puestas en cultivo creaba una nueva fuente de trabajo, empleaba a su vez a los cesantes y con ello aumentaba la producción. Este mismo aumento de la producción era la garantía de la anterior emisión de dinero que se había lanzado. De esta forma, en vez de ser el oro el que apuntalase el billete de banco, era el trabajo quien lo sostenía. Dicho en palabras del propio Hitler: "La riqueza no es el dinero sino el trabajo mismo".
Si en determinado lugar se contaba con individuos sanos, capaces de desempeñar un trabajo, y a su vez había obras que llevar a cabo, el sistema financiero preguntaba si además, había dinero, pues sin este tercer requisito las obras no daban comienzo y los parados continuaban como tales. El sistema Nacionalsocialista no preguntaba por el tercer requisito, el dinero, pues la producción que llevarían a cabo los hombres puestos manos a la obra, fruto de su trabajo, era un valor en sí mismo.
Y todo valor, toda riqueza (en este caso el de las obras realizadas) ha de estar representado por un dinero. En definitiva, el dinero viene luego, y sólo como símbolo de ese valor intrínseco y verdadero. Hitler había advertido: "No poseemos oro, más el oro de Alemania es la capacidad de trabajo del pueblo alemán. La riqueza no está en el dinero, sino en el trabajo". Los embaucadores internacionales, paladines del becerro de oro, clamaban horrorizados que aquello era una pura herejía que atentaba contra la infalible "Ciencia Económica" erigida en tabú.
Hitler refutaba que "el crimen no es atentar contra ciertos principios de una tal pseudo ciencia económica sino el mantener cesantes indefinidamente a millones de individuos sanos y fuertes". La inflación decía Hitler no la provoca el aumento de la circulación monetaria, nace el día en que se exige al comprador, por el mismo suministro, una suma superior que la exigida la víspera. Allí es donde hay que intervenir. Incluso a Schacht tuve que empezar a explicarle esta verdad elemental: Que la causa esencial de la estabilidad de nuestra moneda había que buscarla en los grupos de concentración.
Alemania no era la hermética Rusia, sino todo lo contrario. Todo el que quiso cerciorarse de aquella gran verdad pudo comprobarlo e informar sobre el propio terreno. A España llegaban las informaciones de prensa desde el Reich a través del corresponsal de "ABC" César González Ruano, autor de una serie de magníficos reportajes al respecto. Economistas de un sinfín de países comprobaban sorprendidos aquellos éxitos.
El norteamericano Radcliffe Collage tuvo a bien enviar a la capital alemana al economista antinazi Máxime Y. Sweezy, quien refleja sus impresiones al respecto en su obra "La Economía Nacional Socialista": El pensamiento occidental, cegado por los conceptos de una economía arcaica, creyó que la inflación, la falta de recursos, o una revolución, condenaban a Hitler al fracaso... Mediante obras públicas y subsidios para trabajos de construcción privada se logró la absorción de los cesantes.
Se cuidó de que los trabajadores de determinada edad, especialmente aquellos que sostenían familias numerosas, tuvieran preferencia sobre los de menor edad y menores obligaciones... Se desplazó a los jóvenes desocupados hacia esferas de actividad de carácter más social que comercial, como los Cuerpos del Servicio del Trabajo, de Auxilios Agrícolas y de Trabajo Agrícola Anual.
"En el otoño de 1936 ya no existía duda alguna sobre el éxito del primer plan cuatrienal. La desocupación había dejado de ser un problema e inclusive se necesitaban más obreros. El segundo plan cuatrienal quedó bajo la dirección del general Göring, cuya principal meta era independizar a Alemania de todos los víveres y materias primas importadas...
"La estabilización de precios que resultó de la intervención oficial Nacionalsocialista debe conceptuarse como un éxito notable, único en la historia económica desde la revolución industrial."
Y ¿cómo había logrado Adolfo Hitler tan milagrosa transformación si Alemania carecía de oro en sus bancos y en sus minas y de divisas en sus reservas? Desde luego la fórmula no era un secreto. Se basaba, principalmente, en el citado principio de que "la riqueza no es el dinero sino el trabajo". En consecuencia, si era el dinero lo que faltaba, se emitía, y si los embaucadores de la Alta Finanza alegaban que tal cosa era una herejía, bastaba con aumentar la producción y con regular los salarios y los capitales para que no se produjera ningún crack económico.
Cuando la masa de billetes que circula en un país está en proporción de sus necesidades comerciales y de su producción, esos billetes conservan intacto su valor habitual, aunque no tengan ni un gramo de oro como garantía. El citado economista norteamericano Sweezy pudo comprobar cómo se daba ese audaz paso económico, escribiendo a posteriori: "Los dividendos mayores del 6 % debían ser invertidos en empréstitos públicos. Se considera que el aumento de billetes es malo, pero esto no tiene gran importancia cuando se regulan los salarios y los precios, cuando el gobierno monopoliza el mercado de capitales y cuando la propaganda oficial entusiasma al pueblo".
Nuestra misión en el futuro será también la de preservar de ilusiones al pueblo, alemán. La peor ilusión es la de creer que se puede gozar de algo que anteriormente no ha sido creado y producido por el trabajo. Con otras palabras: Nuestro deber en el futuro será también el de hacer comprender a todo alemán, tanto de la ciudad como del campo, que el valor de su trabajo siempre debe ser igual al de su salario.
Es decir, el labrador sólo puede recibir a cambio de los productos que obtiene de la tierra aquello que el obrero de la ciudad ha alcanzado anteriormente con su trabajo y este último a su vez sólo puede recibir lo que el labrador ha conseguido arrancar del suelo y todos entre sí sólo pueden cambiar aquello que producen; la moneda sólo sirve para desempeñar su papel de medidora; en sí misma no posee ningún valor propio.
Todo marco que se pague de más en Alemania presupone que el trabajo ha sido aumentado por el valor de un marco, pues de lo contrario este marco es un simple pedazo de papel desprovisto de todo poder adquisitivo. Sin embargo, nosotros queremos que nuestro marco continúe siendo un papel honrado, una orden de pago por el producto de un trabajo igualmente honrado, la única y efectiva. Por esta razón hemos sido capaces, sin oro y sin divisas, de mantener el valor del marco alemán y con ello hemos asegurado el valor de nuestros depósitos de Caja de Ahorros en una época en que aquellos países, que rebosaban de oro y de divisas, han tenido que devaluar su misma moneda.
El 30 de enero de 1939, declaraba Hitler en respuesta a la crítica contra el trueque: "El sistema alemán de dar por un trabajo realizado noblemente un contra arrendamiento también noblemente realizado, constituye una práctica más decente que el pago por divisas que un año más tarde han sido desvalorizadas en un tanto por ciento cualquiera. Hoy nos reímos de esa época en que nuestros economistas pensaban con toda seriedad que el valor de una moneda se encuentra determinado por las existencias en oro y divisas depositadas en las cajas de los bancos del Estado y, sobre todo, que el valor se encontraba garantizado por estas. En lugar de ello hemos aprendido a conocer que el valor de una moneda reside en la energía de la producción de un pueblo”.
El ex Primer ministro francés Paul Reynard, narra en sus "Revelaciones" que, en 1923 se trabajaban en Alemania 8.999 millones de horas y en Francia 8.184 millones. En 1937 (bajo el sistema Nacionalsocialista que absorbió a todos los cesantes) se trabajaban en Alemania 16.201 millones de horas, y 6.179 en Francia. Como resultado, la producción industrial y agraria de Alemania llegó a sextuplicarse en algunas ramas y así la realidad trabajo fue imponiéndose a la ficción oro. Un viejo anhelo de la filosofía idealista alemana iba triunfando aún en el duro terreno de la economía.
Pero la riqueza la crea el trabajo sólo cuando este se realiza en un ambiente de orden y alegría profunda. Riqueza son las máquinas, los instrumentos que se exportan y se intercambian, los inventos que permiten ir dominando la Naturaleza hermética y hostil, los descubrimientos de los investigadores científicos que le arrancan sus secretos y contribuyen a mejorar las condiciones de la vida, las creaciones de la artesanía y del arte, la disciplina y la paz interna que hacen posible y alimentan la colaboración entre los conciudadanos.
El oro no es más que un triste medio, un instrumento de cambio. Pero si se tiene en cuenta que la realidad es que no circula, ni siquiera en las naciones que lo poseen, en que su función es reemplazada por papel moneda, o sea, un signo de confianza en la existencia de una riqueza metálica e infecunda ¿cómo no lo ha de cumplir con facilidad dentro de una nación el signo de confianza en su propia laboriosidad creadora, y fuera de ella los productos reales y efectivos de su trabajo, es decir, la riqueza ya creada y apta para la exportación?
Y si se pueden intercambiar los productos propios y las materias primas entre las naciones, ¿para qué hacer intervenir en el intercambio a un tercero que nos suministre su oro y que haga triangular la operación, con la única ventaja de reportarle a él un beneficio cuando no el logro de un control en la economía de los países a los cuales les "suministra" ese oro?
Este BLOG sólo copia fragmentos del artículo, CENSURANDO contenidos que puedan afectar injustamente a religiones, razas y diferentes asuntos que van en contra de nuestro trabajo. Sin embargo, es necesario rescatar las ideas nacionalistas del gobierno que encabezó Hitler. Considero importante hacer esta aclaración para evitar interpretaciones equivocadas sobre nuestras intenciones en su publicación.
Hans - Peter Firbas
LA RIQUEZA NO ES EL ORO, SINO EL TRABAJO
Ante el espectáculo de los pueblos sometidos al sistema económico capitalista, y queriendo Hitler sustraer a Alemania a tal esclavitud, afirmaba rotundamente que "el pueblo no vive para la Economía y la Economía no existe para el Capital, sino que es el Capital quien sirve a la Economía y la Economía al Pueblo". Había demostrado a su vez con hechos palpables que la riqueza no es el oro sino el trabajo.
Y así iba quedando en entredicho la aberración de que el dinero debe privar por encima de los valores del espíritu. Hitler había recibido una Alemania arruinada tras la derrota de 1918 y por las sanciones económicas impuestas y exhausta a causa de la gran crisis y de las luchas internas. Con sus nuevas fórmulas económicas pero no menos gracias a su férrea voluntad y a la inteligencia y disciplina de un pueblo Hitler estaba elevando a la minúscula Alemania al rango de gran potencia internacional.
El presidente americano Roosevelt, que había ascendido al poder al mismo tiempo que Hitler, gobernando un país 19 veces mayor que el Reich, contando con recursos económicos infinitamente superiores y dotado de vastos campos agrícolas y fértiles tierras, no lograba encontrar el medio de dar trabajo a sus once millones de parados. Ni siquiera Inglatarra y Francia, pese a sus imperios coloniales, lograban librarse de las secuelas de la gran crisis al seguir estando sometidas al Sistema del becerro de oro.
Lo importante para Hitler no era el tener cierta cantidad de oro en una gaveta o en un sótano de banco, sino el que las gentes comiese lo mejor posible, que viviesen en casas higiénicas, decorosas y estéticas, que pudiesen trasladarse cómoda y fácilmente de un lugar a otro en medios de locomoción propios o públicos, se vistiesen con decencia y elegancia, dispusiesen de libros, de objetos artísticos, de centros de cultura, de escuelas, universidades y museos, que tuviesen teatros, lugares de esparcimiento físico y recreativos, templos para el culto divino y, por supuesto, medios de defensa.
Si los "superdotados" de la denominada "Ciencia Económica" alegaban que tales tierras no podían dedicarse al cultivo ni emplear en ellas a un determinado número de parados a consecuencia de que no había dinero para llevar a cabo tal empresa, esta razón era generalmente aceptada. Pero el sistema Nacionalsocialista se desentendía que hubiese o no divisas en las cajas bancarias u oro en sus sótanos.
Lo que hacía era emitir el dinero papel necesario; con esas tierras puestas en cultivo creaba una nueva fuente de trabajo, empleaba a su vez a los cesantes y con ello aumentaba la producción. Este mismo aumento de la producción era la garantía de la anterior emisión de dinero que se había lanzado. De esta forma, en vez de ser el oro el que apuntalase el billete de banco, era el trabajo quien lo sostenía. Dicho en palabras del propio Hitler: "La riqueza no es el dinero sino el trabajo mismo".
Si en determinado lugar se contaba con individuos sanos, capaces de desempeñar un trabajo, y a su vez había obras que llevar a cabo, el sistema financiero preguntaba si además, había dinero, pues sin este tercer requisito las obras no daban comienzo y los parados continuaban como tales. El sistema Nacionalsocialista no preguntaba por el tercer requisito, el dinero, pues la producción que llevarían a cabo los hombres puestos manos a la obra, fruto de su trabajo, era un valor en sí mismo.
Y todo valor, toda riqueza (en este caso el de las obras realizadas) ha de estar representado por un dinero. En definitiva, el dinero viene luego, y sólo como símbolo de ese valor intrínseco y verdadero. Hitler había advertido: "No poseemos oro, más el oro de Alemania es la capacidad de trabajo del pueblo alemán. La riqueza no está en el dinero, sino en el trabajo". Los embaucadores internacionales, paladines del becerro de oro, clamaban horrorizados que aquello era una pura herejía que atentaba contra la infalible "Ciencia Económica" erigida en tabú.
Hitler refutaba que "el crimen no es atentar contra ciertos principios de una tal pseudo ciencia económica sino el mantener cesantes indefinidamente a millones de individuos sanos y fuertes". La inflación decía Hitler no la provoca el aumento de la circulación monetaria, nace el día en que se exige al comprador, por el mismo suministro, una suma superior que la exigida la víspera. Allí es donde hay que intervenir. Incluso a Schacht tuve que empezar a explicarle esta verdad elemental: Que la causa esencial de la estabilidad de nuestra moneda había que buscarla en los grupos de concentración.
El norteamericano Radcliffe Collage tuvo a bien enviar a la capital alemana al economista antinazi Máxime Y. Sweezy, quien refleja sus impresiones al respecto en su obra "La Economía Nacional Socialista": El pensamiento occidental, cegado por los conceptos de una economía arcaica, creyó que la inflación, la falta de recursos, o una revolución, condenaban a Hitler al fracaso... Mediante obras públicas y subsidios para trabajos de construcción privada se logró la absorción de los cesantes.
Se cuidó de que los trabajadores de determinada edad, especialmente aquellos que sostenían familias numerosas, tuvieran preferencia sobre los de menor edad y menores obligaciones... Se desplazó a los jóvenes desocupados hacia esferas de actividad de carácter más social que comercial, como los Cuerpos del Servicio del Trabajo, de Auxilios Agrícolas y de Trabajo Agrícola Anual.
"En el otoño de 1936 ya no existía duda alguna sobre el éxito del primer plan cuatrienal. La desocupación había dejado de ser un problema e inclusive se necesitaban más obreros. El segundo plan cuatrienal quedó bajo la dirección del general Göring, cuya principal meta era independizar a Alemania de todos los víveres y materias primas importadas...
"La estabilización de precios que resultó de la intervención oficial Nacionalsocialista debe conceptuarse como un éxito notable, único en la historia económica desde la revolución industrial."
Y ¿cómo había logrado Adolfo Hitler tan milagrosa transformación si Alemania carecía de oro en sus bancos y en sus minas y de divisas en sus reservas? Desde luego la fórmula no era un secreto. Se basaba, principalmente, en el citado principio de que "la riqueza no es el dinero sino el trabajo". En consecuencia, si era el dinero lo que faltaba, se emitía, y si los embaucadores de la Alta Finanza alegaban que tal cosa era una herejía, bastaba con aumentar la producción y con regular los salarios y los capitales para que no se produjera ningún crack económico.
Cuando la masa de billetes que circula en un país está en proporción de sus necesidades comerciales y de su producción, esos billetes conservan intacto su valor habitual, aunque no tengan ni un gramo de oro como garantía. El citado economista norteamericano Sweezy pudo comprobar cómo se daba ese audaz paso económico, escribiendo a posteriori: "Los dividendos mayores del 6 % debían ser invertidos en empréstitos públicos. Se considera que el aumento de billetes es malo, pero esto no tiene gran importancia cuando se regulan los salarios y los precios, cuando el gobierno monopoliza el mercado de capitales y cuando la propaganda oficial entusiasma al pueblo".
Nuestra misión en el futuro será también la de preservar de ilusiones al pueblo, alemán. La peor ilusión es la de creer que se puede gozar de algo que anteriormente no ha sido creado y producido por el trabajo. Con otras palabras: Nuestro deber en el futuro será también el de hacer comprender a todo alemán, tanto de la ciudad como del campo, que el valor de su trabajo siempre debe ser igual al de su salario.
Es decir, el labrador sólo puede recibir a cambio de los productos que obtiene de la tierra aquello que el obrero de la ciudad ha alcanzado anteriormente con su trabajo y este último a su vez sólo puede recibir lo que el labrador ha conseguido arrancar del suelo y todos entre sí sólo pueden cambiar aquello que producen; la moneda sólo sirve para desempeñar su papel de medidora; en sí misma no posee ningún valor propio.
Todo marco que se pague de más en Alemania presupone que el trabajo ha sido aumentado por el valor de un marco, pues de lo contrario este marco es un simple pedazo de papel desprovisto de todo poder adquisitivo. Sin embargo, nosotros queremos que nuestro marco continúe siendo un papel honrado, una orden de pago por el producto de un trabajo igualmente honrado, la única y efectiva. Por esta razón hemos sido capaces, sin oro y sin divisas, de mantener el valor del marco alemán y con ello hemos asegurado el valor de nuestros depósitos de Caja de Ahorros en una época en que aquellos países, que rebosaban de oro y de divisas, han tenido que devaluar su misma moneda.
El 30 de enero de 1939, declaraba Hitler en respuesta a la crítica contra el trueque: "El sistema alemán de dar por un trabajo realizado noblemente un contra arrendamiento también noblemente realizado, constituye una práctica más decente que el pago por divisas que un año más tarde han sido desvalorizadas en un tanto por ciento cualquiera. Hoy nos reímos de esa época en que nuestros economistas pensaban con toda seriedad que el valor de una moneda se encuentra determinado por las existencias en oro y divisas depositadas en las cajas de los bancos del Estado y, sobre todo, que el valor se encontraba garantizado por estas. En lugar de ello hemos aprendido a conocer que el valor de una moneda reside en la energía de la producción de un pueblo”.
El ex Primer ministro francés Paul Reynard, narra en sus "Revelaciones" que, en 1923 se trabajaban en Alemania 8.999 millones de horas y en Francia 8.184 millones. En 1937 (bajo el sistema Nacionalsocialista que absorbió a todos los cesantes) se trabajaban en Alemania 16.201 millones de horas, y 6.179 en Francia. Como resultado, la producción industrial y agraria de Alemania llegó a sextuplicarse en algunas ramas y así la realidad trabajo fue imponiéndose a la ficción oro. Un viejo anhelo de la filosofía idealista alemana iba triunfando aún en el duro terreno de la economía.
Pero la riqueza la crea el trabajo sólo cuando este se realiza en un ambiente de orden y alegría profunda. Riqueza son las máquinas, los instrumentos que se exportan y se intercambian, los inventos que permiten ir dominando la Naturaleza hermética y hostil, los descubrimientos de los investigadores científicos que le arrancan sus secretos y contribuyen a mejorar las condiciones de la vida, las creaciones de la artesanía y del arte, la disciplina y la paz interna que hacen posible y alimentan la colaboración entre los conciudadanos.
El oro no es más que un triste medio, un instrumento de cambio. Pero si se tiene en cuenta que la realidad es que no circula, ni siquiera en las naciones que lo poseen, en que su función es reemplazada por papel moneda, o sea, un signo de confianza en la existencia de una riqueza metálica e infecunda ¿cómo no lo ha de cumplir con facilidad dentro de una nación el signo de confianza en su propia laboriosidad creadora, y fuera de ella los productos reales y efectivos de su trabajo, es decir, la riqueza ya creada y apta para la exportación?
Y si se pueden intercambiar los productos propios y las materias primas entre las naciones, ¿para qué hacer intervenir en el intercambio a un tercero que nos suministre su oro y que haga triangular la operación, con la única ventaja de reportarle a él un beneficio cuando no el logro de un control en la economía de los países a los cuales les "suministra" ese oro?



